domingo, 22 de junio de 2014

Incidencia política por los derechos LGBT en Cuba: entre la necesidad y la realidad

Por Alberto Roque Guerra

Viernes por la tarde, un calor infernal y mi cabeza aún medio aturdida después de descansar de una guardia médica. Pero allí estaba, cumpliendo con una invitación a un conversatorio con activistas por los derechos sexuales de los grupos Humanidad por la Diversidad (HxD) y de mujeres lesbianas y bisexuales Oremi. El tema era la incidencia política —o también conocida como abogacía— por los derechos sexuales como derechos humanos.

Comencé el encuentro con una pregunta: ¿Qué es para ustedes incidencia política? La palabra que encabezó la lluvia de ideas fue militancia. Le siguieron participación, persuasión, compromiso, toma de conciencia, ciudadanía, entre otras.

Las muchachas y los muchachos no son activistas neófitos. Todas y todos han recorrido por años de preparación, de adquisición de saberes en el espacio de participación institucional que ofrece el Centro Nacional de Educación Sexual.

En fecha reciente supe que se fundó el grupo HxD en Santa Clara. Los propios activistas se encargaron de la capacitación, mediante el uso de una metodología participativa y de un programa similar al implementado cuando HxD —integrado entonces por sólo doce hombres — se auto-nombraba «Hombres por la Diversidad».
Reconocimos que la educación en derechos humanos implica una forma de incidencia política, pero que esta última se ve limitada por la pobre articulación de los procesos de participación política y social en el contexto cubano actual. Los propios espacios institucionales tienen limitaciones por sus objetos sociales, aunque no cabe duda que han promovido la expresión de voces hasta hace pocos años acalladas, ignoradas y excluidas.

El trabajo de abogacía significa identificar y actuar desde las oportunidades para incidir y ser parte en el proceso de generación de políticas a nivel nacional e internacional.

Destacamos que ser parte implica participar en todo el proceso, con autonomía integradora de todas las sexualidades y las formas de concebir al género, la pluralidad de liderazgos y la autoorganización. La recién pr
omulgada Ley de Código de Trabajo fue un notable ejemplo de participación plena de las sexualidades no heteronormativas.

Se reconoció la pobre conciencia política de las personas LGBT cubanas sobre sus cuerpos y sexualidades, la fragmentación en identidades y la reproducción de los mecanismos de dominación entre las propias personas que son blancos de la discriminación heteronormativa.

Me sorprendió gratamente la identificación del patriarcado como ideología hegemónica y la persistente reclusión de las mujeres lesbianas al espacio privado.
El grupo identificó las nuevas formas que adquieren la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, sobre todo en la práctica cotidiana, así como las estrategias para desarticularlas y diversificar los espacios de participación, más allá de los rígidos espacios institucionales.

Por eso, ser activista significa preparación constante, estudio profundo de nuestro sistema político, de nuestra historia y de los elementos culturales que transversalizan a la sexualidad y al género.

No somos todos lo que desearíamos, pero nuestra propia historia ha demostrado que con sólo doce personas se han gestado grandes obras. [Centro Habana, 23 de junio de 2014]