miércoles, 24 de septiembre de 2014

El lamento heterosexista, misógino y racista en boca de un periodista

El lamento heterosexista, misógino y racista en boca de un periodista

Alberto Roque Guerra

Dice la filósofa Judith Butler que en la heterosexualidad siempre hay algún grado de lamento. Me ha costado mucho entenderlo, porque evito atacar a esta legítima orientación erótica del deseo y trato de desarticular las esencias ideológicas de las discriminaciones, es decir el poder heterosexista, patriarcal, racista, fundamentalista y xenofóbico que nos lo venden como naturales.

Sin embargo, acabo de tropezarme, sin mucho esfuerzo detectivesco, con un ejemplo. El periodista Carlos Manuel Álvarez* publicó una diatriba contra los activistas cubanos que abogamos por una sociedad más equitativa.

Los «vaporosos lamentos» de Álvarez surgen de la creciente visibilidad pública que han tomado los discursos antidiscriminatorios en algunos espacios en Cuba. De lo contrario, no tiene sentido su queja, a menos que el periodista haya escrito este artículo por encargo (nada raro ni nuevo, teniendo en cuenta otras lindezas periodísticas que han costado muy caras en nuestra Historia).

Pero mi intención aquí no es atacar al periodista, sino las esencias de su peligroso discurso, donde dice que no hay dilema de fondo en ser negro o blanco, homosexual o heterosexual, mujer u hombre y que hay derechos garantizados que anteceden cualquier debate. Para mí este es el lamento génesis de su discurso discriminatorio; pues nosotros, las y los activistas, además de demandar el reconocimiento y el simple derecho de existir y vivir en paz, también ejercitamos el pensamiento.

Nosotros conocemos muy bien la Historia, las ideologías que han legitimado la aparente división natural de los seres humanos; de la manera en que se crearon esas categorías opuestas por el poder y de cómo se utilizaron para perseguir, exterminar, ningunear y normalizar a quien se opusiera al patrón dominante blanco, heterosexual y masculino. Pero no sólo lo estudiamos o lo plasmamos en pancartas, sino que lo que vivimos diariamente en los silencios, en las acciones de los que nos rodean, en las ausencias de políticas que nos niega como ciudadanos.

Aunque suene reiterativo, quiero enfatizar que el problema no es ser blanco, masculino y heterosexual, sino en las relaciones y discursos hegemónicos que se ejerzan desde esas categorías. Lo hegemónico se construye desde ese lamento, desde la amenaza de que los que no tienen voz tomen el poder. El lamento heterosexista y patriarcal sobrevive y se perpetúa porque cuenta con un grupo humano oprimido, que legitima su poder. La estrechez de ideas del lamento heterosexista ve solamente al enemigo de sus privilegios.

Reconozco a muchos activistas cubanos que lamentablemente hacen el juego a este discurso, que se comportan como en la escena final que fatalmente se cita en este texto: «reguetón a pulso, la jeva en cuatro, muy feliz, dando cintura». Para muchas personas habrá goce en esto, pero jamás habrá libertad ni emancipación plenas.

Más peligroso es el activismo que acata las normas asimilacionistas del poder, que mantiene inalterable a la opresión y que peca por una miopía acrítica que produce la ilusión de que estamos avanzando. Aún así se prefiere que al menos hayan personas interesadas en promover cambios y en desaprender e identificar la reproducción de las relaciones de poder que nos oprimen.

Nosotros, las y los activistas, orgullosamente autodefinidos como radicales y revolucionarios, no somos víctimas, somos sobrevivientes. Tenemos voz y la utilizaremos para denunciar las injusticias y confrontar ideas, pero también para dialogar, promover cambios; en ocasiones con ira y dolor, pero sin perder el humor. Si algunos no lo entienden, al menos comprenderán que la verdadera libertad está en el respeto. [Centro Habana, 24 de septiembre de 2014]

*Carlos Manuel Álvarez. Matanzas, 1989. Graduado de Periodismo (2013) en La Universidad de La Habana y colaborador de Cubadebate y El Caimán Barbudo. Ganó el Premio Calendario 2013 de la AHS con su libro "La tarde de los sucesos definitivos".

Ciertas vaporosas cuestiones engorrosas de comentar

El hombre de las eras fabulosas –decía Frónesis sin ninguna

exaltación, pues siempre rehusaba todo problematismo sexual, el sexo

era para él, como la poesía, materia concluyente, no problemática-

tendía a reproducirse en la hibernación, ganaba la sucesión

precisamente en la hibernación del tiempo.


Lezama Lima


June Fernández, periodista vasca, vino a Cuba en 2012, y encontró en el baile de reguetón, en el perreo, otro modo de expresión feminista. Aplicó esa inteligente estrategia que consiste en apropiarte del discurso o del poder simbólico del contrario y reconfigurarlo a tu favor. En su espectacular artículo, Si no puedo perrear, no es mi revolución, June dice algo como esto: “Para muchas feministas, que una de las suyas disfrute restregando voluntariamente su culo contra el paquete del maromo de turno puede generar un cortocircuito interesante.”

Y aquí queda planteado el dilema. Muchas feministas, muchos activistas de género, lo único que hacen durante sus arduos y extenuantes años de lucha cívica es ir de cortocircuito en cortocircuito. O sea, ir de molestia en molestia, de denuncia en denuncia, lo cual les permite librarse de una delicada tarea. Ejercitar el pensamiento. Los activistas de género parecen muy cómodos detrás de un par de tópicos que ellos consideran infalibles, y desde allí disparan a ráfagas, como un pelotón en cuadro apretado, convencidos de su inmunidad.

Ahora, el caso de June Fernández, por ejemplo, sería un poco más difícil de batir, porque June Fernández es mujer, y es feminista, y uno de los principales rasgos por el que este tipo de activistas identifica a sus fieles, es precisamente por el género o por la condición sexual, y no por la veracidad o no de su propuesta. Es como un truco que tienen. Ya que el terreno de las ideas puede volverse pantanoso (un terreno donde quizás no tengan mucho que decir), para ellos resulta preferible activar otros filtros. Si June Fernández fuese hombre, y no fuese feminista (¿puede haber hombres feministas, verdad?), los activistas de género tomarían su idea del perreo como una herejía. El reguetón ha sido una música sexista y misógina por antonomasia, el blanco perfecto de sus críticas. Y aun cuando una tesis tan arriesgada les parezca sospechosa, lo cierto es que June Fernández cumple con todas los aptitudes que según los activistas debe tener alguien para decir sobre el tema algo que valga la pena. Por lo que no les queda otra que morderse la lengua.

La primera conclusión, por tanto, es simple. Si lo que los activistas buscan (sea cuales fueren estos activistas) es la igualdad, obviamente tendrá que llegar el momento en que no sostengan tanto su causa sobre la diferencia de géneros, o de razas, o de elección sexual; en suma, sobre la exclusión, porque pueden correr el riesgo de no ir hacia ningún lugar, y de creer, por otra parte, que sí lo están haciendo. Y esto, o es cinismo, o es candidez. Si lo que buscan es igualdad, tiene que haber determinados espacios donde los activistas comiencen a pensarse como iguales, no como víctimas, donde anulen, desde sí mismos, la disyuntiva ontológica, y donde comiencen a revascularizar sus anémicos y postrados argumentos. No hay, lo sabemos por experiencia nacional, mayor barricada que el lamento sostenido. Y si le tomamos el gusto, ya nunca querremos salir de ahí.

Del rol de víctima, los activistas pueden pasar fácilmente a detectives. Son como perros sabuesos que andan olisqueando todo lo que les parezca discriminatorio. Vienen con una hipótesis en la cabeza, y luego adaptan los hechos a esa hipótesis de tal manera que quedan convencidos de su intuición y su eficacia. Puede que no haya crimen, puede que el crimen resida ya, de antemano, en la cabeza de los activistas, solo ahí, y que estén todo el tiempo pecando de lo mismo que quieren culpar al resto. Pero esa es una posibilidad que nunca estarían dispuestos a contemplar porque, volvamos sobre el punto, estos activistas o son negros, o son mujeres, o son homosexuales. Es decir, son, según sus muy particulares parámetros, confiables, y están libres de error. Cuentan con todas las cualidades que consideran indispensables. Elemental paradoja: exigen y valoran desde el esquema que pretenden suprimir.

En realidad, los activistas desconocen la naturaleza de su función. Ignoran que surgen a partir de una atrofia. Existen porque el camino se ha torcido tanto que debemos luchar por cosas que no debiéramos estar luchando. Derechos que anteceden cualquier debate. Negro o blanco. Homosexual o heterosexual. Mujer u hombre. No hay un dilema de fondo, pero los activistas creen que sí. Una vez -bastante poco original, debo admitirlo- le dije a Guillén negro bembón y un lector otro entre tantos- se insultó conmigo. Yo no había hecho más que decir de Guillén exactamente lo que era, y si alguien creyó que había en ello un acto de racismo, evidentemente lo creyó porque el racista era él.

Para los activistas, declararse heterosexual es, per se, un intento desesperado de declararse no homosexual. Se alimentan de la dicotomía y ansían sembrarla incluso allí donde no la hay. Reducen todo a un estereotipo que es, lógicamente, fácil de condenar, un estereotipo ante el que no lleva demasiado esfuerzo salir victorioso, pero lo reducen porque no saben boxear en otro frente que no sea el frente de la condena y la denuncia y la pancarta, ni ante un rival que no sea el blanco racista o el sujeto machista enfáticamente heterosexual. No saben moverse entre dos aguas. Su filosofía, su arma mortífera, su granada de mano es, simplemente, la queja. Salen a quejarse, adoloridos, por la humanidad prejuiciosa, aunque a veces, cuando no andan en papel de víctimas o de peritos, se asumen como curas benévolos, dispuestos a iluminarte para que te despojes de todos los prejuicios que tú no sabes que tienes, pero que ellos pueden ver en ti.

La pelea contra gobiernos, contra las élites, contra la policía represiva, contra la moral judeo cristiana, contra sociedades patriarcales, contra culturas homófobas, son siempre peleas coyunturales. Los activistas, pobres, quieren batirse en terrenos más complejos con las mismas armas con las que van a discutir a un parlamento. Pero el problema de focalizar tanto a un contrincante es que terminas ajustado a su medida. De ahí que ciertos activistas no sean más que enemigos íntimos de ciertos funcionarios políticos. Y de ahí que, si ciertos activistas te emplazan, debieras a toda costa evitar el duelo, porque no te estarías enfrentando más que a un funcionario, con toda la precariedad en el debate que ello implica.

Dice June Fernández: “Si hay un reparo ante el reguetón que me gusta rebatir es el de que resulta un baile machista porque la mujer se mueve para darle placer al hombre. Es curioso porque, bajo una premisa aparentemente feminista, una vez más se niega la sexualidad y el placer de las mujeres. ¿O sea que si yo me froto contra un tío es para darle gustito a él? ¿Acaso no creen que frotarme contra una pierna o un paquete me da gustito a mí?” Y luego agrega: “…un activismo desde el placer, y no solo desde el enojo.”

Imagino a los activistas cubanos, siempre tan seriotes, intentando digerir una tesis de este tipo. Pero ahí está la escena: reguetón a pulso, la jeva en cuatro, muy feliz, dando cintura, y ellos armando sus soporíferos discursos de denuncia, incapaces realmente de sacar partido. Los activistas contumaces deben recordar, por más que les desconcierte, que hay ciertas zonas de libertad donde nadie los ha invitado, porque no tienen razón de ser.

Por Carlos M. Álvarez en Columnas, Esta boca es mía

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