miércoles, 30 de julio de 2014

Homoerotismo masculino: deseo, poder y sujeción

Publicado en IPS

Alberto Roque Guerra

El deseo erótico es una dimensión fundamental de la sexualidad, con un fuerte sustrato biológico y con una importante influencia ambiental de la cultura y del momento histórico en que transcurre el desarrollo de la personalidad de los sujetos.

Las hormonas sexuales, los receptores para estas hormonas en los tejidos periféricos, las sustancias químicas que producen y transmiten las neuronas a nivel cerebral, son parte de los complejos mecanismos biológicos que intervienen en la función sexual humana así como en la producción y modulación del deseo erótico.

Pero no es suficiente con la biología, el deseo erótico requiere de la interacción social con otros sujetos, por lo que resulta inevitable que su construcción esté mediada por la subjetividad. En ella intervienen las fantasías, los símbolos (materiales y lingüísticos) y los significados que cada cultura asigna al cuerpo, entendido como la superficie simbólica donde se inscriben las prescripciones de la cultura y su raigal historia.

Las culturas occidentales, con su expansión global, han impuesto históricamente una percepción medicalizada, genitalmente centrada y normalizada del deseo erótico y del placer. Se le ha recluido al ámbito privado y por muchos siglos tuvo una connotación perversa, sucia, y pecaminosa, sobre todo para las mujeres. Se le ha concebido con fines reproductivos, mientras que el placer sexual ha sido, en la historia aún reciente, un aspecto secundario y prohibido.

Las diversas orientaciones eróticas del deseo diferentes a la heterosexual generaron un profundo malestar en los ámbitos culturales, sociales, económicos y políticos. En la modernidad se inventaron una serie de clasificaciones médicas que consideraron a la orientación erótica entre personas de diferentes género como normales, sanas y legítimas y las que ocurren entre personas de diferentes géneros como anormales, perversas, enfermas, invertidas y desviadas. De esa manera se fabricó el término homosexual en 1869. El deseo y las prácticas heterosexuales no requirieron clasificación alguna hasta muchos años después. No era necesario nombrarlos, pues eran naturales, legítimos y congruentes con la cultura.

Nuestro propia historia cuenta con ejemplos fehacientes. En el siglo XIX, específicamente en 1890, el antropólogo cubano Doctor Luis Montané Dardé (1849-1936) publicó una investigación científica sobre la tipología psicológica y corporal de los pederastas (término utilizado entonces para nombrar a las personas homosexuales). Los dividió en activos y pasivos, en función de los roles asumidos durante la penetración genitali y también combinó elementos raciales en su caracterización taxonómica (a todas luces racista pues clasificó a los chinos como «pederastas naturales») .

Pocos años más tarde el psicoanálisis aportó el término homoerotismo. El neurólogo Sigmund Freud (1856-1939), fundador de esta teoría, lo denominó homoerótica del sujeto.

En la actualidad el homoerotismo se concibe como una construcción cultural e histórica que describe una pluralidad de prácticas, deseos y emociones de los sujetos que se orientan erótica y afectivamente hacia el mismo género.

El término en sí mismo tiene marcadas implicaciones políticas e ideológicas al erigirse desde la alteridad heterosexista y patriarcal que nombra y pone etiquetas a todo lo que resulte contrario a sus bases hegemónicas. Los movimientos por la defensa de los derechos humanos de las identidades lésbico-gay se han apropiado de sus significados para legitimarlo y luchar por sus reivindicaciones políticas y ciudadanas.

El homoerotismo masculino es de interés mayoritario en los contextos literarios, artísticos y científicos. Del homoerotismo femenino lamentablemente se habla y se investiga muy poco. Una vez más, a las féminas se les aplica en numerosas ocasiones la violencia del silencio y de la omisión voluntaria (ginopia). Con frecuencia ellas son blanco de los estereotipos que nuestra cultura considera como «masculinos». Todo ello a pesar de que muchas mujeres lesbianas no practican la penetración genital y gozan de un erotismo menos centrado en los genitales.

En el siguiente texto trataremos sobre el homoerotismo masculino, quizás el más legitimado dentro de las prácticas no heterosexuales. Sin embargo, ¿existe el homoerotismo como una práctica singular para ser clasificada? ¿cuánto de falacias existe alrededor del término?, ¿es el homoerotismo liberador? ¿cómo se le relaciona en nuestro contexto con las prácticas eróticas heterosexuales?

Activos, pasivos y completos: entre el poder y el riesgo

Nuestro lengua materna dispone de términos precisos, centrados en los genitales, para nombrar y clasificar a las prácticas homoeróticas masculinas. Quien penetra sexualmente es activo, la persona penetrada es pasiva. Quienes realizan ambas prácticas se les denomina versátiles, pero la etiqueta más utilizada en Cuba es completo. En no pocas ocasiones tales clasificaciones encabezan la percepción que se tiene sobre una persona homosexual o bisexual en particular, es decir, se reduce la identidad personal al tipo de práctica sexual que realiza.

Pero el asunto de los roles sexuales trascienden la genitalidad a un plano más subjetivo y social. Ser activo o pasivo implica la asignación cultural de categorías de poder, donde el activo-penetrador ejerce la dominación sobre la otra persona, la posee, como se dice coloquialmente: «lleva la voz cantante». El pasivo-penetrado se le subordina, le obedece, es poseído y dominado.

El pene de la persona activa implica simbólicamente poder. El penetrador se apropia de los significados del falo erecto (falocentrismo) y reproduce las prácticas masculinas hegemónicas heterosexuales dictadas por la ideología patriarcal y heteronormativa, aún y cuando jerárquicamente los hombres con prácticas homoeróticas son percibidos como sujetos socialmente subordinados y sufren de la exclusión y la dominación heterosexista.

En no pocas ocasiones estos roles sexuales se incorporan en la distribución de los roles del trabajo doméstico, cuando dos hombres deciden convivir en pareja. Se reproducen los roles binarios masculino/femenino, cuando el sujeto activo realiza labores concebidas como masculinas, es proveedor, jefe del hogar; mientras que el pasivo asume los roles femeninos, tal y como se distribuyen en la mayoría de las parejas de géneros diferentes.

Tales relaciones asimétricas lesionan el desempeño y la estabilidad de las relaciones afectivas entre personas del mismo género mediante la exclusión, la coerción y el sufrimiento. Sin embargo, ello no implica necesariamente la vulneración de la dignidad de persona alguna cuando la pareja consensúe compartir fantasías eróticas basadas en la relación dominador/dominado. Esas son prácticas totalmente legítimas en los momentos de intimidad erótica, mientras nadie resulte lesionado física ni psicológicamente.

Las relaciones homoeróticas, genitalmente centradas, son hoy día consideradas como prácticas de riesgo desde el punto de vista epidemiológico, al favorecer las transmisión del Sida y otras infecciones de transmisión sexual cuando se realizan sin la protección adecuada. Tanto es así que la transmisión del VIH en Cuba ocurre un 84% de los casos, en hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres y ser penetrado sin protección implica un incremento del riesgo de contraer el virus. Adicionalmente, tales prácticas reciben la desaprobación del imaginario social cubano, lo cual aumenta el ocultamiento, la ignorancia y la exclusión hacia las personas homosexuales.

Resulta irónico que la medicina haya sido generadora de una parafernalia tecnológica para normalizar los cuerpos con prácticas homoeróticas en el pasado y ahora tenga que prestar su atención y recursos a la implementación de biopolíticas relacionadas con la prevención y tratamiento del VIH y el Sida. Pero tales biopolíticas no serán nunca equitativas si no se despojan del carácter falocéntrico y heterosexista en relación al deseo y al placer sexual, si no actúan sobre las cuestiones de orden subjetivo que afectan a las masculinidades y sus hegemonías, además de su interrelación con otros elementos que aumentan el estigma hacia los hombres con prácticas homoeróticas, tales como el nivel de instrucción, el bienestar económico, la violencia, la racialidad, las discapacidades, la convivencia en familias extendidas, entre otras.

El dominio del ámbito público que ejercen los hombres, independientemente de la orientación erótica del deseo, acompañados de un pobre autocuidado, baja autoestima, de comportamientos sexuales irresponsables por actitudes temerarias —consustanciales a las masculinidades hegemónicas— incrementan el riesgo y la vulnerabilidad para contraer el VIH. El dominio de lo público en este contexto es un poder relativo, pues lamentablemente el homoerotismo sigue siendo una práctica clandestina, que contraviene los preceptos morales de lo que se entiende como una sexualidad «normal».

Resulta paradójico que la conquista del espacio público, fundamentalmente de los espacios de homosocialización, alcanzado en los últimos quince años por las personas homosexuales, no se revierta en lograr espacios privados seguros, donde puedan disfrutar de relaciones sexuales placenteras, responsables y equitativas, que favorezcan una adecuada negociación del condón. Al parecer, las familias cubanas siguen siendo espacios de desintegración social cuando de prácticas homoeróticas se trata. El déficit habitacional y la precariedad económica, las diferencias en el acceso y la distribución de la riqueza entre la ciudad y el campo, la violencia y la homofobia en el ámbito familiar son factores que atentan contra el pleno y responsable desarrollo de relaciones afectivas entre personas del mismo género. Sin dudas, los obstáculos para el disfrute de la libertad y el placer sexuales en un entorno privado seguro aumentan el riesgo y la vulnerabilidad para contraer el VIH y otras infecciones de transmisión sexual.

Algunas imposiciones homoeróticas del mercado

El homoerotismo no necesariamente implica la legitimación de emociones y prácticas alternativas liberadoras. Su sujeción permanente con la eroticidad heterosexista genitalizada está regida por mandatos culturales que se han estructurado mediante el desarrollo de un mercado global que homogeneiza los cuerpos. La publicidad comercial nos impone el cuerpo blanco masculino, depilado, hermoso, siempre joven y deseable. Todo esto tiene un impacto en la manera de llevar la moda y en los estilos de vida y de consumo de muchas personas que se se reconocen como gay. Se venden a muy altos precios perros, autos, ropa interior, música, audiovisuales y hasta lubricantes hidrosolubles saborizados para una penetración oral-anal exitosas. Todo vale en el mercado del deseo, que con creciente éxito atrae a consumidores con alto nivel adquisitivo. La banalización «de lo sexy» ha derivado prácticamente en una estrategia post-pornográfica enajenante, embrutecedora y clasista.

El discurso extraverbal que se utiliza para el flirteo entre hombres en el espacio público pasa primero por el vestuario y sus accesorios. En nuestro país, la década de 1990 permitió una mayor influencia de estas tendencias del mercado, sobre todo en la moda. Esa fue la época en que fue muy popular el body, una pieza de vestuario muy ceñida al cuerpo, que permite mostrar los relieves anatómicos de los pectorales, hombros, bíceps, espalda y abdomen. El atuendo era una señal para el reconocimiento entre hombres atraídos eróticamente. Con el paso del tiempo, el furor de esta moda se hizo extensivo al público joven heterosexual y produjo cierta «difuminación» en los códigos homoeróticos impuestos por el mercado.

Los noventas fuero también el momento de la emergencia de un mercado de fiestas clandestinas para hombres gays, muchas de ellas administradas por dueños heterosexuales y con una red de taxistas que, a altos precios, trasladaban a partir de las las 11 de la noche a cientos de hombres desde la céntrica esquina de 23 y L hasta los más remotos lugares de la periferia de la capital. Aunque en la actualidad estos espacios homoeróticos so accesibles en el centro de la ciudad, al igual que en tiempos pasados, tienen precios prohibitivos para la mayoría de las personas que visitan los espacios de homo-socialización. La pobre concurrencia de mujeres lesbianas y personas trans en estos sitios genera una discriminación adicional ―tácita y en ocasiones explícitamente― impuesta por el mercado y por la reproducción de intereses, percepciones y códigos de género y raciales excluyentes.

Otros espacios han devenido en la inclusión plural y no lucrativa de múltiples sexualidades y deseos. El ejemplo más notable es el Centro Cultural El Mejunje en la ciudad de Santa Clara, lugar donde se ha demostrado sistemáticamente desde finales de la década de 1980 que es posible la socialización respetuosa y accesible a todas las personas independientemente de la orientación del deseo o la identidad de género.

La existencia de espacios seguros para personas homosexuales es necesaria, pero enfrenta el reto de reproducir la exclusión de otras sexualidades y de aquellas personas con bajos recursos económicos donde también cuentan otras personas con sexualidades no heteronormativas. No se podrá hablar de integración social plena si no se desarticulan las relaciones de sujeción y poder que impregnan a esos espacios.

Otros cuerpos y deseos: erotismos sin prefijos

Imaginemos por un momento que el cuerpo no tiene sexo clasificable ni género identificable. Si fuese esto posible, ¿podría ese cuerpo generar deseos? ¿Qué pasaría si las fantasías y el simbolismo alrededor de los genitales se desplazan hacia otras regiones del cuerpo? ¿Por qué no explorar y explotar otras zonas del cuerpo también eróticas?

El cuerpo todo tiene una potencialidad erótica y de placer enormes, pero nuestra cultura genitocéntrica la ha proscripto. Por ejemplo, la penetración anal de un hombre por su pareja mujer, autodefinidos como heterosexuales, es una fuente de placer erótico innegable que nuestra cultura machista condena. Tampoco se incentiva el autoerotismo como una práctica segura, que además de proporcionar bienestar físico y mental contribuye a reconocer nuestro mapa erótico.

Lo que se dice y escribe sobre el homoerotismo no es más que una fantasía cargada de ideología. Se nos ha hecho creer que de veras existe tal cosa, que se ha constituido como real, objetivo y palpable, como si fuera diferente al erotismo heterosexual, para el cual, por cierto, no se conoce algo llamado hetero-erotismo.

El erotismo y el placer sexual, en tanto condición particularmente humana, debe entenderse desde prácticas heterogéneas, fluidas, no genéricas ni modélicas que no conlleven a la exclusión o a producir asimetrías de poder.

Pensar, gozar y ejercitar un erotismo libre, que permita el disfrute del placer sexual sin coerción alguna y como un derecho humanos legítimo, requiere desmontar esas estructuras opresivas basadas en la diferencia sexual y de géneros, que no son más que construcciones culturales que hemos aprendido de forma ritualizada y las percibimos como naturales.

i Luis Montané: «La pederatia en Cuba» en Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, La Habana, Imprenta de A. Álvarez y Cia., 1890, p 579. Citado por Sierra Madero, Abel. "Sexualidades disidentes en el siglo XIX en Cuba." EIAL: Estudios Interdisciplinarios de America Latina y el Caribe 16, no. 1 (2005): 67-94.

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Male homoeroticism: desire, power and subjection


By Alberto Roque Guerra, LGBTI activist and member of the Cuban Multidisciplinary Society for the Study of Sexuality


A free eroticism needs to dismantle diverse oppressive structures based on sexual and gender difference to give way to the enjoyment of sexual pleasure as a legitimate human right.


Erotic desire is a fundamental dimension of sexuality, with a strong biological substratum and with an important environmental influence of the culture and historical moment in which the personality of individuals develops.

The sexual hormones, the receptors for these hormones in the peripheral tissues, the chemical substances that produce and transmit the neurons to the brain are part of the complex biological mechanisms that intervene in the human sexual function, as well as in the production and modulation of the erotic desire.

But biology is not enough; the erotic desire needs social interaction with other individuals, which is why it is inevitable for its construction to be mediated by subjectivity. Fantasies, symbols (material and linguistic) and the meanings that each culture assign to the body, understood as the symbolic surface where the prescriptions of the culture and its historical roots are inscribed, intervene in this.

Western cultures, with their global expansion, have historically imposed a medicalised, genitally focused and regulated perception of erotic desire and pleasure. It has been confined to the private sphere and for many centuries it had a perverse, dirty and sinful connotation, especially for women. It has been conceived for reproductive purposes, while sexual pleasure has been, still in recent history, a secondary and forbidden aspect.

The diverse erotic orientations of pleasure that are different from the heterosexual generated a profound unease in the cultural, social, economic and political spheres. A series of medical classifications were invented during modern times that considered the erotic orientation of persons of different genders as normal, healthy and legitimate, and between persons of the same gender as abnormal, perverse, sick, inverted and deviated. In that way, the homosexual term was fabricated in 1869. Desire and heterosexual practices did not require any classification until many years later. It was not necessary to name them since they were natural, legitimate and coherent with the culture.

Our own history has irrefutable examples of this. In the 19th century, specifically in 1890, Cuban anthropologist Luis Montané Dardé (1849-1936) published a scientific research on the psychological and corporal typology of the pederasts (a term used then to refer to homosexual persons). It divided them into active and passive, according to the roles assumed during the genital penetration, as well as combining racial elements in its taxonomical characterisation (blatantly racist, since it classified the Chinese as “natural pederasts”).

A few years later, psychoanalysis contributed the term homoeroticism. Neurologist Sigmund Freud (1856-1939), founder of that theory, called it homoerotica of the subject.

At present, homoeroticism is conceived as a cultural and historical construction that describes a plurality of practices, desires and emotions of individuals who have an erotic and affective orientation toward the same gender.

The term in itself has marked political and ideological implications when used from a heterosexist and patriarchal otherness that names and labels everything that is contrary to their hegemonic foundations. The movements championing the human rights of the lesbian-gay identities have appropriated its meanings to legitimatise it and fight for their political and citizen vindications.

Male homoeroticism is of common interest in literary, artistic and scientific contexts. Female homoeroticism, unfortunately, is not much spoken of and researched. Once again, on numerous occasions the violence of silence and of voluntary omission (gynopia) is applied to women. They are frequently the target of the stereotypes that our culture considers as “male.” All this despite the fact that many lesbian women do not practice genital penetration and enjoy an eroticism less centred on the genitals.

In the following text we will deal with male homoeroticism, perhaps the most legitimised among the non-heterosexual practices. However, does homoeroticism as a singular practice exist in order to be classified? How much fallacy is there regarding the term? Is homoeroticism liberating? How is it related in our context to heterosexual erotic practices?

Active, passive and complete: between power and risk


Our mother tongue has precise terms, centred on the genitals, to name and classify male homoerotic practices. He who sexually penetrates is active, the penetrated person is passive. Those who practice both are called versatile, but the most used label in Cuba is complete. On many occasions, these classifications head the perception people have about a homosexual or bisexual person in particular; that is, the personal identity is reduced to the sexual practice of the person.

But the issue of the sexual roles goes beyond the genitals to a more subjective and social level. Being active or passive implies the cultural assignment of categories of power, where the active-penetrator dominates the other person, possesses the person, as it is colloquially said: he has the last say. The passive-penetrated is subordinated, obeys, is possessed and dominated.

The active person’s penis symbolically implies power. The penetrator monopolises the meanings of the erect phallus (phallocentrism) and reproduces the male hegemonic, heterosexual practices dictated by the patriarchal and heteronormative ideology, even when hierarchically the men with homoerotic practices are perceived as socially subordinated individuals and suffer exclusion and heterosexist domination.

These sexual roles are frequently incorporated into the distribution of the roles of domestic work, when two men decide to live together as a couple. The male/female binary roles are reproduced when the active individual carries out chores conceived for males; he is the provider, head of the household, while the passive individual assumes the female chores, as they are distributed in the majority of the heterosexual couples.

Such asymmetrical relations harm the work and stability of the affective relations of male homosexual couples through exclusion, constraint and suffering. However, this does not necessarily imply the vulnerability of the dignity of any person when the couple agrees to share erotic fantasies based on the dominator/dominated relationship. Those are totally legitimate practices in the moments of erotic intimacy, as long as no one gets hurt, physically or psychologically.

Genitally centred homoerotic relations are nowadays considered risk practices from the epidemiological point of view since they favour the transmission of AIDS and other sexually transmitted diseases when carried out without the adequate protection. This is so much so that HIV transmission in Cuba occurs in 84 percent of the cases of men who have sexual relations with other men and are penetrated without protection, which implies an increased risk of contracting the virus. Additionally, such practices are not approved by the Cuban social imagery, which increases hiding, ignorance and the exclusion of homosexual persons.

It is ironic that medicine was the generator of technological paraphernalia to normalise the bodies with homoerotic practices in the past and now has to pay attention and resources to the implementation of biopolicies related to the prevention and treatment of HIV and AIDS. But such biopolicies will never be equal if they are not devoid of the phallocentric and heterosexist character in relation to desire and sexual pleasure if they do not take action regarding the subjective questions that affect the masculinities and their hegemonies, in addition to their interaction with other elements that increase the stigma toward men who carry out homoerotic practices, like the level of education, economic wellbeing, violence, racism, handicaps, coexistence in large families, among others.

Men’s dominion of the public sphere, independently of the erotic orientation of the desire, accompanied by poor self-care, low self-esteem, irresponsible sexual behaviours because of rash attitudes – inherent to hegemonic masculinities – increase the risk and vulnerability to contract HIV. The public dominion in this context is a relative power, since unfortunately homoeroticism is still a clandestine practice that contravenes the moral precepts of what is understood as a “normal” sexuality.

It is paradoxical that the conquest of the public space, fundamentally of the homosocialisation spaces, achieved in the last 15 years by homosexual persons, does not benefit achieving safe public spaces, where they can enjoy pleasant, responsible and equitable sexual relations that favour an adequate negotiation of the condom. It seems that Cuban families continue being spaces for social disintegration when it’s a question of homoerotic practices. The housing deficit and economic precariousness, the differences in access to and distribution of wealth between the city and the countryside, violence and homophobia in the family sphere are factors that threaten the full and responsible development of affective relations in male homosexual couples. Undoubtedly, the obstacles for the enjoyment of sexual freedom and pleasure in a safe private environment increase the risk and vulnerability of contracting HIV and other sexually transmitted diseases.


Some homoerotic impositions of the market


Homoeroticism does not necessarily imply legitimising emotions and liberating alternative practices. Its permanent subjection to the genital heterosexual eroticism follows cultural mandates that have become structured through the development of a global market that homogenises the bodies. Publicity ads impose the masculine white body, waxed, beautiful, always young and desirable. All this has an impact on the way that many persons who recognise themselves as gay follow the fashion and lifestyles and consumption patterns. Dogs, cars, underwear, music, audiovisuals and even flavoured water-soluble lubricants for a successful oral-anal penetration are very expensive. Everything costs in the pleasure market, which with growing success attracts consumers with a high purchasing power. The banalising “of the sexy” has practically become an alienating, mind-numbing and classist post-pornographic strategy.

The extraverbal discourse used by men to flirt in the public space first goes through what they wear and the accessories. In our country, the 1990s led to a greater influence of these market trends, especially in fashion. That was a period in which the body, a very tight piece of clothing that makes it possible to show the anatomic reliefs of the pectoral muscles, shoulders, biceps, back and abdomen, became very popular. The attire was a sign of recognition among the men who were erotically attracted. With the passing of time, this fashion’s craze became extensive to the young heterosexual public and produced a certain “fading” in the homoerotic codes imposed by the market.

The 1990s were also the years in which a market of clandestine parties for gay men emerged, many of them managed by heterosexual owners and with a network of taxi drivers who at high prices transported, starting 11:00 p.m., hundreds of men from the centrally-located corner of 23 and L to the most remote places of the capital’s outskirts. Though these homoerotic spaces are currently accessible in the centre of the city, like in the past, they are prohibitively expensive for the majority of the persons who visit those homosocialising spaces. The small public made up by lesbian women and trans persons in those places generates an additional discrimination – tacit and, on occasions, explicit -, imposed by the market and by the reproduction of excluding interests, perceptions and gender and racial codes.

Other spaces have become plural inclusion and non-profit places for multiple sexualities and desires. The best known example is El Mejunje Cultural Centre in the city of Santa Clara, a place where it has systematically been demonstrated since the late 1980s that it is possible for all persons to respectfully and accessibly socialise independently of the orientation of the desire or gender identity.

The existence of safe spaces for homosexual persons is necessary, but faces the challenge of reproducing the exclusion of other sexualities and of those persons with low economic resources, among which there are other persons with non-heteronormative sexualities. There cannot be talk of full social integration if the relations of subjection and power that impregnate those spaces are not disarticulated.


Other bodies and desires: eroticisms without prefixes


Let’s imagine for a minute that the body does not have a classified sex or identifiable gender. If this were possible, could that body generate desires? What would happen if the fantasies and the symbolism surrounding the genitals are moved toward other regions of the body? Why not explore and exploit other areas of the body that are also erotic?

The entire body has an erotic potential for enormous pleasure, but our culture centred on the genitals has proscribed it. For example, the anal penetration of a man by his female couple, self-defined as heterosexual, is a source of undeniable erotic pleasure that our sexist culture condemns. Neither is self-eroticism encouraged as a safe practice that, in addition to providing physical and mental wellbeing, contributes to recognising our erotic map.

What is said and written about homoeroticism is no more than a fantasy charged with ideology. We are led to believe that such a thing truly exists, that it has been constituted as real, objective and palpable, as if it were different from heterosexual eroticism, for which, by the way, there is no knowledge of the term of hetero-eroticism.

Eroticism and sexual pleasure, as a particular human condition, must be understood based on heterogeneous, fluid, non-generic or model practices, which do not lead to the exclusion or asymmetrical production of power.

Thinking, enjoying and exercising a free eroticism, which enables the enjoyment of sexual pleasure without coercion and as a legitimate human right, requires the dismantling of those oppressive structures based on sexual and gender difference, which are none other than cultural constructions we have learned in a ritualistic way and perceived as natural. (2014)

i Luis Montané: «La pederatia en Cuba» in Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, La Habana, Imprenta de A. Álvarez y Cia., 1890, p 579. Cited by Sierra Madero, Abel. "Sexualidades disidentes en el siglo XIX en Cuba." EIAL: Estudios Interdisciplinarios de America Latina y el Caribe 16, no. 1 (2005): 67-94.