4/20/2013

«Transexual masculino pare un niño en Chile» o ¿Cómo ser padre sin importar el sexo?

Una noticia se ha tornado viral en las redes sociales: «Un transexual da a luz a un niño en Arica, Chile». El hecho es significativo, pues es el primero conocido en América Latina desde que el 29 de junio de 2008, en Estados Unidos,  el transexual masculino Thomas Beatie se convirtió en padre y de esta manera sentó un precedente que sorprendió a la comunidad científica, a los movimientos que luchan por los derechos de las sexualidades no heteronormativas y a los académicos que estudian el género.

Asombro y seños fruncidos son las reacciones más comunes de los auditorios donde he impartido conferencias sobre diversidad de género cuando  muestro la foto de Thomas Beatie embarazado y  explico que para ello renunció a extirparse sus órganos reproductivos femeninos y no se sometió a la castración farmacológica con hormonas masculinas que exigen los tratamientos médicos vigentes para la transición de género de mujer a hombre.(1)

Es decir, Thomas es un transexual masculino heterosexual porque nació biológicamente hembra, se identifica a sí mismo como masculino y siente atracción por las personas con identidad de género femenina. Esa verdad sigue siendo legítima aunque solamente haya transformado su cuerpo parcialmente y no se halla sometido a ninguna cirugía de reasignación sexual.

Otra verdad legítima es que, gracias a las tecnologías de la reproducción asistida, Thomas logró embarazarse y junto a su esposa Nancy se encargan de educar ahora a nuevos hijos que son parte de una familia como cualquier otra.

Por ello, lo más notorio de este hecho, de otros que ocurrieron posteriormente en Europa y ahora –afortunadamente-  en América Latina, es una interpelación a lo que las normas culturales y las políticas del cuerpo (biopolíticas) de los Estados definen como paternidad.(2)

La noticia, condenada al silencio por los medios de difusión cubanos, incita a derribar el mito de que solamente las parejas heterosexuales desean reproducirse. También echa por tierra la supuesta «amenaza ecológica»  de extinción de la especie humana si se reconociesen los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans.

En las políticas de salud de nuestro Estado se incluye como una de las prioridades el desarrollo de los servicios de Infertilidad y Reproducción Asistida, para las parejas heterosexuales. De esta manera se niega la universalidad al acceso a estos servicios a las mujeres (heterosexuales o no) que desean ejercer la reproducción monoparental y sobre todo a las parejas conformadas por mujeres lesbianas. Se requiere aclarar que en estos casos se utilizan técnicas de reproducción asistida de baja complejidad tecnológica, pues no se trata de personas infértiles, sino de una verdadera asistencia a la reproducción. Para aquellas personas ocupadas en establecer las políticas para resolver la baja tasa de natalidad en Cuba, este sería un grupo poblacional a tomar en cuenta.

La negación del ejercicio de la paternidad o la maternidad a las personas no heterosexuales viola sus derechos reproductivos y el derecho humano de formar diversos tipos de familia, más allá de la definición burguesa que la ampara institucionalmente bajo el manto del matrimonio. Como agravante, contamos con la negación del derecho a la adopción, cuestión que, hasta donde tengo entendido, no se llegó a consenso en la formulación jurídica del Código de Familia que - por demasiado tiempo ya-  espera ser debatido por nuestra Asamblea Nacional.

La negación de la paternidad o la maternidad y del reconocimiento de diversos modelos de familias a las sexualidades que no cumplen con la norma heterosexual, no se basa en evidencias científicas comprobadas, sino en anclados prejuicios que más de cincuenta años de Revolución no han podido superar. Las causas son muchas y complejas y desbordan el contenido de este post.

Por el momento invito a revisar algunos resultados de investigaciones (cuento con más) que demuestran que las configuraciones de familias no heteroparentales no significan el apocalipsis ni implican el deterioro de los valores de la sociedad. Todo lo contrario: la hacen más fuerte, respetuosa y diversa. (3-7)  [20/4/2013]

---------------------

1.         Beatie T. Labor of Love: The Story of One Mans Extraordinary Pregnancy: Seal Press (CA); 2008.

2.         Ryan M. Beyond Thomas Beatie: Trans men and the new parenthood. Who’s your daddy. 2009:139-50.

3.         Perrin EC. Technical report: coparent or second-parent adoption by same-sex parents. Pediatrics. 2002;109(2):341-4.

4.         Comunidad Homosexual Argentina. Somos familia: Guía de información técnica y jurídica. In: CHA, editor.2010.

5.         Sánchez Martínez MO. Constitución y parejas de hecho. El matrimonio y la pluralidad de estructuras familiares. Revista Española de Derecho Constitucional. 2000 Enero-Abril Año 20(58):45-69.

6.         Pedreira Massa J, Rodríguez Piedra R, Seoane Lago A. Parentalidad y homosexualidad. Salud 2000: Revista de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública. 2005(103):19-25.

7.         Pedreira Massa JL, Rodríguez Piedra R, Seoane Lago A, Martín Alvarez L. Parentalidad y homosexualidad: de la ideología a la metodología. Monografías de psiquiatría. 2008;20(2):55-65.

4/14/2013

"Más mujeres": muy bien, pero menos machistas.

Si algo bueno tienen las vacaciones es que me han permitido disfrutar de la lectura de buenos libros, en ocasiones dos al mismo tiempo, salir de la ciudad a impartir una conferencia sobre sexualidad y a descansar, escribir en mi blog y otros placeres más mundanos, como tomarme un buen vino, ir a una discoteca –de las que están siendo vilipendiadas por vía electrónica en los últimos meses por una supuesta estudiante de comunicación social- y, en último lugar, ver la televisión nacional.

Pero el placer de ver televisión se convierte en lo contrario cuando me topo con algún que otro programa humorístico y noto que la vulgaridad, la chabacanería y la violencia simbólica se transmiten y consumen con una naturalidad pasmosas.

Así me sentí con el programa “Más Mujeres”, cuya presentadora parece haber trabajado fuertemente en la loable tarea de promover el humor hecho y actuado por mujeres cubanas.

La presentadora dijo: «debemos hacer más por nosotras mismas, mejorar la autoestima de las mujeres». Las concursantes del primer programa fueron leales a  la diversidad de mujeres cubanas: no eran hegemónicamente bellas, había mestizas, de estaturas y corpulencias disímiles y de origen, sin dudas,  humilde.

Con semejante propuesta introductoria se contuvieron mis deseos de cambiar de canal, pero los chistes de la presentadora y las tres concursantes no me produjeron gracia, sino preocupación y rechazo.

El desarrollo del programa fue un rosario de malos chistes, llenos de alusiones homofóbicas, machistas, violentas, sobre todo dirigida hacia los hombres.

Para la presentadora del programa «las mujeres deben quitarle el dinero a sus maridos» para comprarse accesorios femeninos, dentro de los que menciona las uñas postizas, esas que le imposibilita una de las «tareas femeninas» más frecuentes: escoger el arroz. Las uñas, según ella, «son tan grandes que les dificulta sacar un macho, como ocurre en la esquina de 23 y malecón». Según el chiste, ellas dependen de sus dueños y proveedores (los hombres) para comprarse atributos que supuestamente las hacen más femeninas y deseadas y, remata, que los hombres que se reúnen todas las noches y madrugadas en 23 y Malecón no son «machos», pues son homosexuales, travestis y otras categorías más…

A estas alturas algún lector o lectora pensará que exagero, que estoy demasiado pendiente de detalles insignificantes; otros, que me detengo en la inútil intertextualidad de un mal programa humorístico –entre tantos­­– de la televisión nacional. Pero en realidad me preocupa la naturalización del machismo, la homofobia y la violencia simbólica en un medio de tanto alcance. Me preocupa que no tengamos un distanciamiento crítico hacia las producciones con tales contenidos, que «saturan» la televisión nacional.

Me pregunto si para hacer un programa humorístico femenino tenga que calificarse a los hombres «ratas de dos patas», que la concursante utilice además un discurso que coquetea con el odio y, al mismo tiempo, reciba la mayor puntuación de todos los «chistes» por un jurado integrado por dos grandes actrices de la cultura nacional.

Preocupa que sea motivo de chiste la  violencia doméstica, sobre todo hacia las niñas, posicionar a todos los hombres como proveedores mentirosos, manipuladores de las mujeres y como máquinas sexuales. Tampoco me queda claro que sea gracioso ensalzar «el mito del pene gigante» y que la recurrente alusión a la sexualidad sea el gancho más utilizado para provocar la risa.

Si la presentadora considera que está haciendo algo útil y correcto no debió preocuparse por aclarar al final del programa que «no estamos restando hombres» y que, durante los créditos del cierre, machacaran con lo mismo: «no se hirió la sensibilidad de ningún hombre».

Uno puede y tiene derecho a reír, a pasársela bien, pero el humor es asunto serio e implica responsabilidad. Ojalá y algún día retomemos eso que nos legó lo criollo y espontaneo de nuestra nacionalidad. Ojalá y nuestras humoristas retomen ese rumbo y hagan propuestas inteligentes, liberadoras y emancipadoras, que impacten positivamente en la creación de sus colegas masculinos.

Luchar contra la ideología patriarcal no se hace descalificando a los hombres, no se logra con homofobia y sexismos en boca de las mujeres. Emancipar al ser humano, sobre todo en nuestro contexto, no es «pagar con la misma moneda» y reproducir el mismo odio de los opresores, sino acusar a lo que nos divide, nos segrega y enfrenta. [14/04/13]