miércoles, 14 de diciembre de 2011

Música para las lobas

por  Lester Vila

Tomado de Cubasí.cu

Un amigo me ha dejado en la computadora una carpeta con canciones preferidas por los transformistas. Al menos, por los transformistas cubanos, porque canciones de Minelli, Streissand, Mina o Dalida, íconos para travestis del espectáculo de otras latitudes, no hay en esta selección. Aquí, por supuesto, se enseñorea lo hispano. Junto a las voces de agudo desgarrón de Valeria Lynch y Amanda Miguel, «clásicas» en estas lides, aparecen otras más jóvenes como Malú, Anaís. También Gloria Trevi y Mónica Naranjo, Thalía, Marta Sánchez y Yuri, han sido entronizadas en las últimas décadas. Las cubanas también clasifican en el listado: tres «inolvidadas» se dan la mano en los escenarios: Annia Linares, Mirtha Medina y Maggie Carlés. Junto a ellas, Lourdes Torres, autora e intérprete de canciones en las que flota permanente una bofetada prometida. Alguna vez son incorporadas otras intérpretes como Rebeca o Hayla.

Tan antiguo como el mundo es el arte de dejar de ser para convertirse en un deseo. Reinas y hetairas, divas y bailarinas fueron duplicadas en fiestas de carnaval, en los escenarios burlescos, y en los salones privados. En la era pop que vivimos, los referentes también están definidos: las cantantes populares de cada época. Puede ser que hace 40 años, muchos imitaran a Rita Pavone y a Marisol. En los años 70, una reina podía tener la voz de Raffaella Carrá, y sacudir frenéticamente su cabellera rubia. Incluso, no dudo que hace 30 años Yordanka Christova y Alla Pugachova tuvieran sus adeptos, entre los soñadores con las grandes avenidas de la noche moscovita. Massiel y las Rocío aún permanecen por acá. De seguro que en Europa todas ellas todavía provocan más de una fantasía nocturna. 

¿Qué hace a una canción idónea para ser interpretada en un show de travestis? ¿Qué mujeres son dignas de imitar? Es evidente que no es cuestión de femineidad, ni de intensidad. Nunca he visto evocadas en estos escenarios a las personalidades avasalladoras de Janis Joplin o Edith Piaff. Amy Winehouse no ha sido musa, ni por su mítico cardado. La monolítica Sara Montiel es soslayada, al igual que la oportunidad de ponerse new look que ofrecen Marilyn Monroe y Connie Francis. Diamonds are Forever suena a cristales resplandecientes bajo los reflectores, pero Shirley Bassey es una completa desconocida. Los transformistas cubanos prefieren otros derroteros. ¿Falta de información o particular sensibilidad? Creo más en lo segundo que en lo primero.

También está la permanente condición ilusoria del transformista. Recuerdo que hace unos años, en una fiesta clandestina, un amigo en su afán por encender un cigarro, le acercó una fosforera a un transformista que acababa de ganar un concurso. «Mi vida, aparta eso de mí, que si me prende, voy a desaparecer en menos de un minuto», gritó el ganador llevándose las manos a la peluca rubia. Reconocía risueño su condición de criatura artificial, volátil, situada al borde y, por todo esto, dramática. Su belleza triunfante escondía un amasijo de nylon y papeles. Él, como cualquier transformista, no buscaba acercarse a la mujer física de cada día, preparada para la procreación, víctima de sudoraciones. Acaso desconocía que su real presunción era convertirse en estandarte de lo femenino extremo.

Un conocido siempre comenta que los travestis prefieren como patrón a las vampiresas, no buscan a una mujer en su valor. «En este empeño, una dama admirable como Marie Curie está descalificada». Ellos desean convertirse en un tipo utópico, izado en lo externo, tan imposible como abstracto. Externan una sensibilidad andrógina subyacente. Un travesti no busca representar a una mujer, sino convertirse en una manifestación fantasiosa de lo femenino. El afeite es la magia que transforma al sujeto en su opuesto: un muchacho pobre, acosado y tímido, será tras la máscara nocturna una ensoñación femenina, rutilante y peligrosa. Finalmente siempre subyace el deseo fatal por lo inalcanzable.

El travesti que dobla o canta canciones en escenarios, el transformista que solo reluce entre los arcos de la luz artificial, lleva ese empeño a los horizontes de espectáculo. Cúspide del kitsh homosexual, este artista espontáneo queda definido por su apariencia, pero también por la música que interpreta: canciones de hembras, femeninas y fuertes, deslenguadas, batalladoras, indoblegables, mujeres en las que colindan los valores establecidos para lo femenino y lo viril. La música es la voz y el sentimiento de la fantasía que ellos construyen artesanalmente. En casi todos esos temas melódicos hay una pena que no se puede sondear. El grito de la cantante es profundo e íntimo. Debe ser por eso que esta es la música preferida de los marginados entre los negados.

Estos cantos, femeninos y casi siempre machistas, temperamentales, manifiestan un deseo de sobrevida, son amenazas lanzadas por un animal acorralado. Como obras populares externan con simpleza sentimientos, deseos que no suelen ser dichos en alto, pero que desde la máscara pueden ser gritados como una voz general. Las melodías preferidas por los transformistas casi siempre están asociadas a la frustración. Por eso, estos hombres terminan convirtiéndose en un sueño doloroso. Algunos se estremecen en los suelos, simulan suicidios, sangramientos. Otros, en crescendo musical, se van desnudando, poco a poco, ante un público expectante. Al final, queda expuesta la tragedia: sin pelucas, caídas las lentejuelas, libres de postizos, en ellos pervive invicta la mujer extraordinaria.

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