lunes, 18 de mayo de 2015

Homofobia en el trabajo: hechos y penurias

Hoy es el día Internacional Contra la Homofobia. Durante las Jornadas celebradas en Cuba parece que por fin comenzamos a superar el Síndrome del Catalejo (hasta Plutón se ve, pero el meñique del pie no se me ve) en la cobertura mediática de la televisión nacional.
El programa Mesa Redonda logró un balance aceptable entre los invitados extranjeros y la realidad nacional en relación con la homofobia y la transfobia en el puesto de trabajo. No obstante, lamento no haber visto ninguna intervención de una mujer lesbiana de las redes sociales institucionales entre las personas entrevistadas.
A pesar de la brevedad que implica el tratamiento del tema en un programa televisivo se demostraron con hechos científicos que la homofobia tiene cuerpo, que no es un ente abstracto y es un problema que debe erradicarse de raíz, junto a otras malas hierbas que enriquecen las discriminaciones.
Tenemos que hablar de vivencias, tanto las negativas como las positivas en relación a las discriminaciones, encontrar el difícil equilibrio entre la denuncia y la reflexión, pero permanentemente y no sólo cuando llega mayo.
Mis vivencias en relación a la homofobia en el puesto de trabajo tienen mucho más de las experiencias de otros que de las mías. En realidad no me ha ido del todo mal, pues he logrado lo que me he propuesto sin grandes sobresaltos y con mucho esfuerzo profesional, a pesar de expresar mi deseo erótico con total libertad, como lo hacen mis colegas heterosexuales en el ámbito laboral. Más bien he tenido que enfrentar discriminaciones un poco más sutiles, que de hecho son las más difíciles de desarticular.
Recuerdo cuando era jefe de Urgencias en mi hospital y el director de entonces le dijo a mi subdirector que no quería a un homosexual al frente de ese cargo. A mi director le parecía chocante que siendo el año 2001 yo me pusiera gel en el pelo y que se manejara por todos mis subordinados que mi pareja fuese un hombre. Supe después, a través de una persona cercana a mi jefe inmediato, que este le espetó con firmeza que yo me mantenía en el cargo por mis valores profesionales.
Confieso que me hubiesen hecho un gran favor si me retiraban del cargo, puesto que nunca me ha interesado ser parte de ninguna estructura de poder.Las relaciones con ese director -quien fue destituido poco tiempo después-  fueron siempre cordiales y basadas en el respeto, todo ello a pesar de que me desagradaba que él frecuentemente usara pantalón verde olivo estando al mando de un hospital civil.
Era notorio que mis compañeros de entonces nunca hacían comentarios homofóbicos en mi presencia y estaban totalmente familiarizados con mi activismo político, pero es evidente que algunos siguen siendo angustiosamente homofóbicos.
En mi práctica profesional también he tenido algunas experiencias lamentables. Durante una noche de guardia me llaman a valorar a una paciente que tenía trastornos de consciencia y que a pesar de tener 50 años mostraba un gran deterioro físico. Mi colega internista y yo no teníamos un diagnóstico preliminar. Decidí ingresarla en la Unidad de Cuidados Intensivos. Su acompañante era una médica especialista del mismo centro y dijo ser amiga de la paciente. Los datos que ella aportó sobre los antecedentes de la enferma no arrojaban luces para ayudarla. Horas más tarde fue necesario entubarla y acoplarla a un ventilador artificial por una presumible broncoaspiración.
Insistí en el interrogatorio y mi colega-acompañante me confirmó que ellas vivían juntas hacía muchos años y que la paciente (su pareja) era alcohólica. Todo encajaba entonces: la paciente sufría de un Síndrome de Retirada al Alcohol (abstinencia alcohólica aguda) con complicaciones que tardaron en tratarse por el ocultamiento de mi colega. Aquí la lesbofobia y el estigma adicional de ser una mujer alcohólica casi terminan con la vida de la paciente. Después supe que mi colega especialista sufría de acoso por sus compañeros de trabajo en su servicio, sobre todo por parte de su jefe hombre.
Tengo más en el tintero, pero creo que son ejemplos suficientes que ilustran sobre la necesidad de implementar políticas antidiscriminación en el puesto de trabajo. Aunque hemos logrado la primera Ley que incluye este particular, no existe marco legal complementario que explicite lo que debe hacerse en estos casos ni el Sindicato tiene una estrategia definida que incluya elementos educativos, de identificación, prevención y protección de las y los trabajadores que sufren de discriminaciones en el puesto de trabajo. Ojalá y no pase lo mismo con el artículo del Código Penal vigente – y obsoleto- que castiga los actos discriminatorios.
Adicionalmente, resultan peligrosos algunos discursos de expertos y activistas que no consideran a la homofobia y a la transfobia institucionales como un problema y se culpa a la cultura y al colonialismo como causas que parecen naturalizadas. Según ellos las personas que integran las instituciones son también parte del pueblo y reproducen los prejuicios aprendidos por la larga tradición cultural y homofóbica. Si bien es cierto, deseo agregar que la sutil diferencia radica en que esos prejuicios se expresan y aplican desde el poder y resulta difícil desentrañarlos. Así lo dijo Michel Foucault cuando se refirió a la microfísica del poder.
No es infrecuente escuchar hermosos discursos liberadores, emancipatorios, marxistas y hasta martianos y en el accionar cotidiano se siguen reproduciendo las relaciones hegemónicas y discriminatorias. Esto no se observa solamente en las instituciones sino  también en la academia, donde se supone está la fuente del conocimiento.
Así y todo se apela a participar más y a pedir menos, como si la formulación de demandas no fuese parte importante de la participación, de ser parte activa de ese proceso hasta la toma de decisiones, pero con respeto a la autonomía y al ejercicio permanente del mayor consenso posible. Vamos cuesta arriba, pero tenemos que seguir avanzando mediante la participación horizontal y plural. [Centro Habana, 17 de mayo de 2015]