miércoles, 14 de septiembre de 2016

Humor y opresión: complicidad peligrosa

Hace ocho años, durante la celebración de la I Jornada Cubana contra la Homofobia, un destacado activista clamaba por la existencia de espacios de esparcimiento libres de discriminación. Su propuesta tuvo eco en otras personas allí reunidas y fue uno de los primeros cambios permisivos del Estado cubano en  cuanto a políticas no discriminatorias hacia las personas no heterosexuales.
Con altibajos dejamos de asistir a las fiestas clandestinas en las afueras de la ciudad para contar con espacios más seguros y de mejor calidad artística, libres de persecución policial, aunque con precios aún altos y no siempre felizmente inclusivos.
El fin de semana mi pareja y yo nos fuimos el proyecto El Divino en el Café Cantante. 
 
El artista invitado fue el actor humorístico Ángel Ramis, conocido como Cabo Pantera, personaje que surgió en el programa televisivo Jura decir la verdad.
En su desempeño el Cabo Pantera se ríe de todo, empezó con su propia fealdad, pero después la emprendió de forma grosera contra los orientales y frente a un público mayoritariamente gay, se explayó con chistes homofóbicos.
Nada nuevo, en la propia televisión nacional se hacen chistes como estos. No es la primera vez que muchos de nuestros humoristas, con su lamentable falta de talento, echan mano de la burla hacia grupos minoritarios, o para ser políticamente correcto: en desventaja social.
Lo lamentable fue ver cómo se sonreía el público. Uno de los chistes que más risas produjo tenía que ver con la homosexualidad del cantante Ricky Martin y la disposición del humorista «a meterse a homosexual» para acceder al dinero del cantante.
Resulta interesante — y también lamentable— ver cómo las personas a las que se les niegan muchos derechos por la orientación erótica de su deseo o por su identidad de género asimilen de forma acrítica chistes discriminatorios.
Al parecer solamente somos capaces de sentir y rebelarnos contra la opresión en determinados contextos, pero somos totalmente ineptos para denunciar las discriminaciones en el lenguaje. En definitiva, mientras paguemos y consumamos todo parece ir bien.
El humor juega con el poder del lenguaje y las imágenes. Puede ser liberador y es útil para derribar prejuicios. En nuestra historia ha sido arma de denuncia y de lucha por otras causas, pero ha sido igualmente utilizado para ejercer exclusiones y asimetrías sobre otros.
Me resisto a seguir siendo cómplice de la opresión en cualquier forma de expresión. Me opongo aceptar la maldición del choteo que enunciara Mañach hace más de 50 años cuando se refirió a la cubanía.
Ya bastante tenemos con el bombardeo audiovisual que legitima ideas racistas, machistas, misóginas y de lucro. Ni siquiera en un bar o en otro espacio de diversión uno escapa de esos códigos, pero como mínimo debemos asumir una actitud crítica ante ello.
No quiero que esta entrada sea vista como un ataque al proyecto El Divino, ni que algún oscuro poder decida cerrar el espacio, tal y como ha ocurrido en estos últimos ocho años.
Soy testigo de que su coordinador, Isaac, se esfuerza para ofrecer un espectáculo de la mayor calidad posible, dentro de lo que permite las reglas —no siempre escritas— del mercado. Además, se reconoce que en los segmentos del espectáculo se integran desde hace años mensajes contra el consumo de drogas y alcohol, contra las ITS, el Sida y la homofobia.
Solamente quiero llamar la atención sobre el hecho cómplice de aceptar contenidos discriminatorios que nos mantiene subyugados al poder heterosexual y machista. La igualdad debe lograse en todos los aspectos posibles. Mejoremos los espacios, gocemos, pero sin dejar de pensar. [Santos Suárez, 14 de septiembre de 2016]