sábado, 20 de abril de 2013

«Transexual masculino pare un niño en Chile» o ¿Cómo ser padre sin importar el sexo?

Una noticia se ha tornado viral en las redes sociales: «Un transexual da a luz a un niño en Arica, Chile». El hecho es significativo, pues es el primero conocido en América Latina desde que el 29 de junio de 2008, en Estados Unidos,  el transexual masculino Thomas Beatie se convirtió en padre y de esta manera sentó un precedente que sorprendió a la comunidad científica, a los movimientos que luchan por los derechos de las sexualidades no heteronormativas y a los académicos que estudian el género.

Asombro y seños fruncidos son las reacciones más comunes de los auditorios donde he impartido conferencias sobre diversidad de género cuando  muestro la foto de Thomas Beatie embarazado y  explico que para ello renunció a extirparse sus órganos reproductivos femeninos y no se sometió a la castración farmacológica con hormonas masculinas que exigen los tratamientos médicos vigentes para la transición de género de mujer a hombre.(1)

Es decir, Thomas es un transexual masculino heterosexual porque nació biológicamente hembra, se identifica a sí mismo como masculino y siente atracción por las personas con identidad de género femenina. Esa verdad sigue siendo legítima aunque solamente haya transformado su cuerpo parcialmente y no se halla sometido a ninguna cirugía de reasignación sexual.

Otra verdad legítima es que, gracias a las tecnologías de la reproducción asistida, Thomas logró embarazarse y junto a su esposa Nancy se encargan de educar ahora a nuevos hijos que son parte de una familia como cualquier otra.

Por ello, lo más notorio de este hecho, de otros que ocurrieron posteriormente en Europa y ahora –afortunadamente-  en América Latina, es una interpelación a lo que las normas culturales y las políticas del cuerpo (biopolíticas) de los Estados definen como paternidad.(2)

La noticia, condenada al silencio por los medios de difusión cubanos, incita a derribar el mito de que solamente las parejas heterosexuales desean reproducirse. También echa por tierra la supuesta «amenaza ecológica»  de extinción de la especie humana si se reconociesen los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans.

En las políticas de salud de nuestro Estado se incluye como una de las prioridades el desarrollo de los servicios de Infertilidad y Reproducción Asistida, para las parejas heterosexuales. De esta manera se niega la universalidad al acceso a estos servicios a las mujeres (heterosexuales o no) que desean ejercer la reproducción monoparental y sobre todo a las parejas conformadas por mujeres lesbianas. Se requiere aclarar que en estos casos se utilizan técnicas de reproducción asistida de baja complejidad tecnológica, pues no se trata de personas infértiles, sino de una verdadera asistencia a la reproducción. Para aquellas personas ocupadas en establecer las políticas para resolver la baja tasa de natalidad en Cuba, este sería un grupo poblacional a tomar en cuenta.

La negación del ejercicio de la paternidad o la maternidad a las personas no heterosexuales viola sus derechos reproductivos y el derecho humano de formar diversos tipos de familia, más allá de la definición burguesa que la ampara institucionalmente bajo el manto del matrimonio. Como agravante, contamos con la negación del derecho a la adopción, cuestión que, hasta donde tengo entendido, no se llegó a consenso en la formulación jurídica del Código de Familia que - por demasiado tiempo ya-  espera ser debatido por nuestra Asamblea Nacional.

La negación de la paternidad o la maternidad y del reconocimiento de diversos modelos de familias a las sexualidades que no cumplen con la norma heterosexual, no se basa en evidencias científicas comprobadas, sino en anclados prejuicios que más de cincuenta años de Revolución no han podido superar. Las causas son muchas y complejas y desbordan el contenido de este post.

Por el momento invito a revisar algunos resultados de investigaciones (cuento con más) que demuestran que las configuraciones de familias no heteroparentales no significan el apocalipsis ni implican el deterioro de los valores de la sociedad. Todo lo contrario: la hacen más fuerte, respetuosa y diversa. (3-7)  [20/4/2013]

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1.         Beatie T. Labor of Love: The Story of One Mans Extraordinary Pregnancy: Seal Press (CA); 2008.

2.         Ryan M. Beyond Thomas Beatie: Trans men and the new parenthood. Who’s your daddy. 2009:139-50.

3.         Perrin EC. Technical report: coparent or second-parent adoption by same-sex parents. Pediatrics. 2002;109(2):341-4.

4.         Comunidad Homosexual Argentina. Somos familia: Guía de información técnica y jurídica. In: CHA, editor.2010.

5.         Sánchez Martínez MO. Constitución y parejas de hecho. El matrimonio y la pluralidad de estructuras familiares. Revista Española de Derecho Constitucional. 2000 Enero-Abril Año 20(58):45-69.

6.         Pedreira Massa J, Rodríguez Piedra R, Seoane Lago A. Parentalidad y homosexualidad. Salud 2000: Revista de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública. 2005(103):19-25.

7.         Pedreira Massa JL, Rodríguez Piedra R, Seoane Lago A, Martín Alvarez L. Parentalidad y homosexualidad: de la ideología a la metodología. Monografías de psiquiatría. 2008;20(2):55-65.

domingo, 14 de abril de 2013

"Más mujeres": muy bien, pero menos machistas.

Si algo bueno tienen las vacaciones es que me han permitido disfrutar de la lectura de buenos libros, en ocasiones dos al mismo tiempo, salir de la ciudad a impartir una conferencia sobre sexualidad y a descansar, escribir en mi blog y otros placeres más mundanos, como tomarme un buen vino, ir a una discoteca –de las que están siendo vilipendiadas por vía electrónica en los últimos meses por una supuesta estudiante de comunicación social- y, en último lugar, ver la televisión nacional.

Pero el placer de ver televisión se convierte en lo contrario cuando me topo con algún que otro programa humorístico y noto que la vulgaridad, la chabacanería y la violencia simbólica se transmiten y consumen con una naturalidad pasmosas.

Así me sentí con el programa “Más Mujeres”, cuya presentadora parece haber trabajado fuertemente en la loable tarea de promover el humor hecho y actuado por mujeres cubanas.

La presentadora dijo: «debemos hacer más por nosotras mismas, mejorar la autoestima de las mujeres». Las concursantes del primer programa fueron leales a  la diversidad de mujeres cubanas: no eran hegemónicamente bellas, había mestizas, de estaturas y corpulencias disímiles y de origen, sin dudas,  humilde.

Con semejante propuesta introductoria se contuvieron mis deseos de cambiar de canal, pero los chistes de la presentadora y las tres concursantes no me produjeron gracia, sino preocupación y rechazo.

El desarrollo del programa fue un rosario de malos chistes, llenos de alusiones homofóbicas, machistas, violentas, sobre todo dirigida hacia los hombres.

Para la presentadora del programa «las mujeres deben quitarle el dinero a sus maridos» para comprarse accesorios femeninos, dentro de los que menciona las uñas postizas, esas que le imposibilita una de las «tareas femeninas» más frecuentes: escoger el arroz. Las uñas, según ella, «son tan grandes que les dificulta sacar un macho, como ocurre en la esquina de 23 y malecón». Según el chiste, ellas dependen de sus dueños y proveedores (los hombres) para comprarse atributos que supuestamente las hacen más femeninas y deseadas y, remata, que los hombres que se reúnen todas las noches y madrugadas en 23 y Malecón no son «machos», pues son homosexuales, travestis y otras categorías más…

A estas alturas algún lector o lectora pensará que exagero, que estoy demasiado pendiente de detalles insignificantes; otros, que me detengo en la inútil intertextualidad de un mal programa humorístico –entre tantos­­– de la televisión nacional. Pero en realidad me preocupa la naturalización del machismo, la homofobia y la violencia simbólica en un medio de tanto alcance. Me preocupa que no tengamos un distanciamiento crítico hacia las producciones con tales contenidos, que «saturan» la televisión nacional.

Me pregunto si para hacer un programa humorístico femenino tenga que calificarse a los hombres «ratas de dos patas», que la concursante utilice además un discurso que coquetea con el odio y, al mismo tiempo, reciba la mayor puntuación de todos los «chistes» por un jurado integrado por dos grandes actrices de la cultura nacional.

Preocupa que sea motivo de chiste la  violencia doméstica, sobre todo hacia las niñas, posicionar a todos los hombres como proveedores mentirosos, manipuladores de las mujeres y como máquinas sexuales. Tampoco me queda claro que sea gracioso ensalzar «el mito del pene gigante» y que la recurrente alusión a la sexualidad sea el gancho más utilizado para provocar la risa.

Si la presentadora considera que está haciendo algo útil y correcto no debió preocuparse por aclarar al final del programa que «no estamos restando hombres» y que, durante los créditos del cierre, machacaran con lo mismo: «no se hirió la sensibilidad de ningún hombre».

Uno puede y tiene derecho a reír, a pasársela bien, pero el humor es asunto serio e implica responsabilidad. Ojalá y algún día retomemos eso que nos legó lo criollo y espontaneo de nuestra nacionalidad. Ojalá y nuestras humoristas retomen ese rumbo y hagan propuestas inteligentes, liberadoras y emancipadoras, que impacten positivamente en la creación de sus colegas masculinos.

Luchar contra la ideología patriarcal no se hace descalificando a los hombres, no se logra con homofobia y sexismos en boca de las mujeres. Emancipar al ser humano, sobre todo en nuestro contexto, no es «pagar con la misma moneda» y reproducir el mismo odio de los opresores, sino acusar a lo que nos divide, nos segrega y enfrenta. [14/04/13]

jueves, 4 de abril de 2013

Cuerpos intersex: la polifonía de los sexos o la amenaza a la cultura

Ayer, miércoles 3 de abril, me sorprendió el programa Pasaje a lo Desconocido con un documental estadounidense sobre la intersexualidad. Reinaldo Taladrid, conductor del programa, tuvo como experto invitado al Doctor profesor Francisco Carvajal, endocrinólogo pediatra del Instituto Nacional de Endocrinología y presidente de la comisión nacional encargada de atender a las personas intersexuales.

La complejidad del tema, cuyo estudio me apasiona, más la exhortación de algunos amigos y colegas, me estimuló a escribir con el estilo menos «docto» posible.

Para ello es necesario conceptualizar algunas categorías, que sin dejar de estar sujetas a cuestionamientos en la actualidad, pretendo que sirvan al menos para acercarnos a la comprensión de la intersexualidad.

Una de ellas es la categoría sexo, entendida como los atributos biológicos que nos definen como hembras o varones o ninguna de las anteriores. Es decir, cuando digo sexo no me refiero a las relaciones sexuales, a ciertos filmes que se clasifican como tal, a los pensamientos lujuriosos o prohibidos, según sea el caso.

El sexo depende de los cromosomas, las hormonas sexuales (todos tenemos masculinas y femeninas), enzimas que participan en la diferenciación sexual, el hipotálamo (región media del cerebro), los órganos reproductivos internos y los genitales externos. Estos últimos son el referente que permite asignar el sexo al momento del nacimiento. En la cultura occidental esta asignación es indispensable para la identificación legal de la persona y para adjudicarle rígidamente los atributos y significados culturales masculinos o femeninos, conocidos como género.

Al depender el sexo de tantos factores, que no siempre se relacionan linealmente entre sí, ocasionalmente puede ocurrir que una persona tenga genitales externos que no coinciden con la información del ADN ni con el número de cromosomas sexuales, o que una niña nazca con un clítoris muy grande, semejante a un pene, entre muchas otras combinaciones.

También puede presentarse la situación de que la persona tenga genitales ambiguos, es decir, que los genitales externos tengan simultáneamente una morfología masculina y femenina. A estas personas se les denominaba hermafroditas (por los dioses Hermes y Afrodita), término en desuso por sus limitaciones para clasificar tantas variantes y por tener implicaciones peyorativas. En la actualidad se prefiere el término personas intersex o intersexuales, que serán los que utilizaré en este escrito.

La medicina ha sido la responsable de crear todas estas categorías y las clasifica como «anomalía», «trastorno» o «enfermedad». En 2006, se realizó una reunión de consenso internacional que clasifica cualquier variante del desarrollo sexual como «Trastorno del Desarrollo Sexual» (TDS).(1)

Algunas de las entidades incluidas en los TDS requieren tratamiento médico y quirúrgico, por las implicaciones que tienen sobre la salud física de la persona o sobre la vida misma; por ejemplo: malignización de las gónadas, graves trastornos para orinar, pérdida de sal y agua del cuerpo, entre otras. En ellas el tratamiento médico o quirúrgico no tiene objeción.

Sin embargo, muchas otras no pasan de ser un cambio en la apariencia de los genitales o la ausencia de órganos sexuales internos que interfieren con la reproducción y la sexualidad en la etapa adulta de la vida. Aún y cuando en la niñez muchos estados intersexuales no tienen una repercusión significativa, a estas personas se les somete a tratamientos quirúrgicos antes de los dos años, destinados a corregir la presunta anomalía de sus genitales y permitir la asignación del sexo (cirugía de asignación sexual o CAS) en congruencia con los mandatos de la cultura.

La urgencia social de incluir a los seres humanos en alguno de los dos casilleros (masculino o femenino) tiene su epicentro en la demanda de los padres y se alienta desde una práctica médica paternalista, en ocasiones autoritaria, pues son los profesionales de la salud quienes deciden cuándo y cómo debe tomarse cada conducta. La persona con 1 ó 2 años de edad no está en capacidad de entender el alcance de las decisiones médicas, ni de consentir con autonomía. En muchos países se le oculta información detallada a los familiares y, aún peor, a la propia persona intersex. Es por ello que se ha denominado a este modelo de atención «protocolo dominante o de ocultamiento».

Cuando a pesar de muchas pruebas diagnósticas no puede determinarse el sexo de la persona, se procede a construir una vagina, al ser la técnica mejor conocida y más segura, según dicen los cirujanos. Pero no sólo se construyen vaginas, también se amputa o remodela el clítoris (su acortamiento por amputación persiste a pesar de las más refinadas técnicas en la actualidad) y se construyen falos.

Aunque se ha avanzado en el perfeccionamiento de las CAS, en tiempos recientes se continúan reportando serias complicaciones, dentro de las que se incluyen la pérdida de la capacidad reproductiva, la disminución o pérdida de la respuesta erótica, infecciones, dolor genital, incontinencia urinaria, cicatrices con deficiente apariencia estética. En muchos casos se requiere de cirugías correctivas a lo largo de la infancia y de procedimientos de dilataciones vaginales, que no borran la vergüenza y la angustia derivada de la percepción de tener una «anomalía sexual».(2-5)

Acerca de las CAS practicadas en Cuba, la investigadora Adriana Agramonte y su equipo de investigación publicó un estudio sobre las consecuencias en el área psicológica y de la sexualidad de las personas intersex.  El artículo reporta afectaciones de la identidad corporal, caracterizada por una relación conflictiva y disociada con el propio cuerpo, negación o exclusión de los genitales, así como inconformidad con el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios. Sin embargo, el resultado más notable de su investigación fue el secretismo médico y familiar y la medicalización del estado intersexual.(6) Puede que lo anterior sirva para responder la brillante pregunta de Taladrid sobre el impacto de las cirugías sobre el erotismo y las sexualidades de las personas intersex.

En el documental y en la presentación del programa se evidenció la terrible angustia que genera el nacimiento de una persona intersex. Como lo enuncia Suzanne Kessler: «la intersexualidad no amenaza la vida del paciente, sino la cultura del paciente».(7)

Afortunadamente desde la década de 1990 las personas intersexuales en algunos países han hecho sentir sus demandas y han interpelado el discurso médico normalizador. Desde entonces se han identificado otras tres tendencias en el abordaje de la intersexualidad: la «centrada en el paciente», el «modelo intermedio» y el «modelo de atención multidisciplinaria».(8)

La «centrada en el paciente» demanda una moratoria de las cirugías de asignación sexual en edades tempranas y posponerlas hasta que la persona pueda decidir sobre su cuerpo. También incluye un intercambio de información médico-paciente franca, abierta y completa. Contempla además que a cada persona intersexual se le debe asignar el género femenino o masculino y que se le permita vivir con el género con el que se identifica (incluye la posibilidad y libertad de la persona de cambiarlo).(9)

El «modelo intermedio» no acepta la moratoria absoluta de las cirugías de asignación sexual, ante el potencial trauma psicológico que experimentan algunos infantes por presentar algún grado de ambigüedad genital, y al mismo tiempo considera que los médicos no deben decidir por su cuenta y que los padres deben tener acceso a la información completa sobre el estado intersex y sobre los riesgos y beneficios de los diferentes protocolos de atención. Así lo expresó uno de los especialistas en el documental.

El «modelo de atención multidisciplinaria» se destaca por su integralidad, al incluir acompañamiento psicológico, atención a necesidades sociales y a  solucionar conflictos de orden jurídico, define si los padres pueden o no consentir y brinda educación a las personas intersex, a sus familiares y a los juristas. Este sería el paradigma ideal, por el que también se aboga en Cuba.(8, 10)

El asunto es complejo y debe partir de la promoción de un cambio cultural, proceso sin dudas lento, pero que demanda acciones más aceleradas de las instituciones encargadas de implementar las políticas sobre el cuerpo y las sexualidades. Estas políticas deben encaminarse a generar gratificaciones, goce, paz, armonía y valores humanos.

Si lo entendiéramos de esa manera y no de acuerdo a cómo nos define la entrepierna, podríamos secundar la opinión de una madre de una persona intersex que aparece en el documental: «Las personas no se enamoran de los genitales, se enamoran del alma».

Abril 4, 2013

 

Bibliografía citada:

1.         Hughes I, Houk C, Group LEC. Consensus statement on management of intersex disorders.  Arch Dis Child: BMJ Publishing Group & Royal College of Paediatrics and Children Health; 2006. p. 554–63.

2.         Greenberg JA. Health Care Issues Affecting People with and Intersex Condition or DSD: Sex or Disability Discrimination?  Loy LAL Rev2012. p. 849.

3.         Fausto-Sterling A. The five sexes, revisited: The varieties of sex will test medical values and social norms.  The Sciencies. 19-232000.

4.         Minto CL, Liao L-M, Woodhouse CR, Ransley PG, Creighton SM. The effects of clitoral surgery on sexual outcome in with ambiguous genitalia: a cross sectional study Lancet. 2003. p. 1252.

5.         Crouch N, Liao LM, Woodhouse C, Conway G, Creighton SM. Sexual Function and Genital Sensitivity Following Feminizing Genitoplasty for Congenital Adrenal Hyperplasia.  The Journal of Urology2008. p. 634-8.

6.         Agramonte  A. Tratamiento quirúrgico de los genitales ambiguos: fundamentos e implicaciones psicológicas y sexuales.  Rev Cubana Endocrinol 2006.

7.         Kessler S. The Medical Construction of Gender: Case Management of Intersexed Infants. Signs. 1990;16(1):3-26.

8.         Dreger A. Intersex and human rights: The long view. In: Sytsma SE, editor. Ethics and Intersex: Springer; 2011. p. 73-86.

9.         ISNA. Mission of the Intersex Society of North America. Intersex Society of North America;  [3/1/2013]; Available from: http://www.isna.org.

10.      Agramonte A, Ledón L. Intersexualidad, necesidad del cambio en el paradigma de atención. Rev Cubana Endocrinol. 2010;21(3).

lunes, 1 de abril de 2013

Entre el mundo rosa y azul: la diversidad de género en la infancia y la adolescencia

Por: Alberto Roque Guerra

«Espectador Crítico», programa conducido por Magda Resik en el Canal Educativo de la Televisión Cubana, apuesta una vez más por el crecimiento espiritual de las personas que habitamos esta isla. El pasado sábado 30 de marzo proyectaron el filme belga “Mi Vida en Rosa”. La historia de la película aborda la temática de la diversidad de género en la infancia a través del personaje de Ludovic, un niño de 7 años que siente –y sueña sentirse-  niña y que intenta a contracorriente comportarse como tal. 
La identificación con lo femenino que Ludovic siente le proporciona felicidad y bienestar. Al expresarlo, desde su inocente búsqueda, choca abruptamente con el guión de normas de género que la cultura donde ha nacido le impone. De él se espera que sienta y se exprese como un niño, masculino, que será proveedor, macho, heterosexual y violento toda la vida, como su padre.
El conflicto explota, primero en la familia, después en la escuela y la comunidad. Ludovic sufre, se siente el otro, el raro, el que no encaja. Se aísla, está triste. Se esconde incluso en una nevera, sin que sepamos con certeza de que era consciente que podía morir en ese lugar. Solamente lo comprende la abuela materna, una señora abierta, feliz, relajada y contenta de vivir en diversidad. También lo apoya su joven maestra, quien intenta inculcar a sus alumnos que todos somos singulares, diferentes, que debemos respetarnos, vivir en paz.
En el filme se evidencian con claridad las numerosas estrategias para disciplinar a quien intente expresar el género de forma diferente al asignado al nacer. La disciplina pedagógica  es una de ellas. A Ludovic lo expulsan de la escuela, justo cuando su maestra termina de abogar por el respeto a la diversidad humana. El director manifiesta que responde a la demanda de la mayoría de los padres. Desde su pasiva, y «democrática» complicidad (la mayoría decide, claro está) no le permitió apreciar que la escuela se había convertido en un infierno para Ludovic, en un lugar inseguro, por la violencia física y verbal naturalizadas a la que se le sometía. ¡Y todo por sentirse niña!
Pero no sólo se le aplicó a Ludovic el férreo castigo pedagógico sino también el biomédico. Sus padres lo llevaron a sesiones de psicoterapia para corregir el «trastorno de identidad de género», como clasifica la Psiquiatría a la diversidad de género en la actualidad. (1) Les era necesario curar semejante «aberración», «disonancia», «incongruencia» o, como se dijo en la presentación previa a la película: «confusión con su identidad». El fracaso fue estrepitoso: el problema no era de Ludovic, sino de sus padres y de la sociedad, que se supone tienen la responsabilidad de acogerle, cuidarle y garantizar su sano, vital y feliz desarrollo como ser humano. 
No existen evidencias científicas hasta el momento que expliquen los complejos y heterogéneos mecanismos involucrados en la construcción de la identidad de género. Los estudios que muestran diferencias en los núcleos (grupo de neuronas) de la base del encéfalo humano (2-3) no tienen significación estadística, pues tienen el sesgo de estudiar el cerebro de las personas transexuales fallecidas y no es aplicable a las diversas maneras de expresar el género en culturas no occidentales. Me recuerdan a la morbosidad racial de algunos «científicos» cuando se esfuerzan en demostrar las diferencias entre cerebros de personas blancas y negras para justificar la presumible inferioridad de «algunas razas». También se han  publicado presuntas causas genéticas y hormonales de la transexualidad. Todos estas publicaciones se han clasificado por las personas trans* como «patofilia de género» y a sus autores «patófilos de género».
Tampoco es ciencia constituida (la falta de certeza caracteriza a los paradigmas actuales de las ciencias) el papel de las influencias familiares en la aparición de expresiones de género en la infancia, que disienten con la norma cultural occidental. No está demostrado que las y los infantes que muestran inconformidad con las normas de género provengan de un ambiente hostil, de familias disfuncionales, o de figuras maternas histéricas o psicopáticas. Ello no significa que deba despreciarse el importante papel de la cultura en la construcción de la identidad de género. De hecho se conoce que las culturas Inuits, los Mohave y Navajos en Norteamérica, las Hijras y los Rae-Rae en Asia, entre muchas otras, interpretan el género de manera más diversa, fluida, dúctil y mucho menos discriminatoria.(4-6)
La mayoría de las personas que experimentan inconformidad de género en la infancia y la adolescencia no devienen en transexuales en la adultez. Las escasas publicaciones sobre el tema muestran que solamente de un 6 a un 20% de las y los infantes que muestran inconformidad con el género en la infancia y la adolescencia son transexuales en la etapa adulta. El resto muestra una orientación afectivo-erótica homosexual o heterosexual en menor medida.(7-8)  Tuve la percepción de que en el filme y durante su presentación se utiliza este argumento como tranquilizador, ante el temor propio o de que un ser querido ingrese al grupo de los raros, al que transgrede las normas de género impuesta por una cultura intolerante y homogenizante. En este punto invito a la reflexión sobre el carácter discriminatorio de estas expresiones. 
Deben diferenciarse y delimitarse los campos conceptuales entre la orientación afectivo-erótica (sexual) y la identidad de género. En la película, como en la vida real, se confunden con frecuencia ambos dominios, incluso por los profesionales. La orientación afectivo erótica puede ser heterosexual (hacia una persona con género diferente), homosexual (hacia el mismo género) y bisexual (hacia ambos géneros). Lo que Ludovic sentía tiene que ver con su identidad género, como decían algunos personajes, «estaba buscando su identidad», por eso expresaba estereotipos del género femenino. Ni la orientación afectivo-erótica ni la identidad de género guardan relación con los amaneramientos, inflexiones y gravedad de la voz, ni con la postura al orinar.
No cabe duda que la familia –al igual que la de Ludovic- sufre ante una situación como esta. No sabe qué hacer, tampoco la escuela. Es por ello que debe garantizarse el acompañamiento por parte de las instituciones y de la comunidad. Deben aliviarse los malestares que  acompañan al proceso de aceptar las diversas expresiones de género en la infancia y la adolescencia. No se requiere corregir ni modificar al infante, sino crear un ambiente seguro, comprensivo y afectuoso que le permita el pleno desarrollo de su identidad personal que, como su nombre lo indica, es singular, única, irrepetible.
También debe promoverse un cambio en la cultura que, sin proponer –por ahora- la desaparición de lo masculino y lo femenino, garantice sus expresiones en equidad y paz, con pleno reconocimiento de otras identidades de género con atributos, símbolos y significados heterogéneos. Sería como lo señala la querida colega Diane Ehrensaft (9): una red multicolor –que desborde al rosa y al azul- que permita acoger a todas las combinaciones posibles.

Notas y Citas:

[1] Personas que siente y se identifican con un género diferente al asignado. Es sinónimo de Transgénero.  Incluye travestis, transexuales, drag-queens, personas con género queer, entre otras.

1.         American Psychiatric Association (APA). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fourth Edition, Text Revision. Washington, DC.: American Psychiatric Association; 2000.
2.         Zhou JN, Hofman MA, Gooren LJ, Swaab DF. A sex difference in the human brain and its relation to transsexuality. Nature. 1995 Nov 2;378(6552):68-70.
3.         Kruijver FP, Zhou JN, Pool CW, Hofman MA, Gooren LJ, Swaab DF. Male-to-female transsexuals have female neuron numbers in a limbic nucleus. J Clin Endocrinol Metab. 2000 May;85(5):2034-41.
4.         Devereux G. Institutionalized homosexuality of the Mohave Indians. Hum Biol. 1937;9:502-27.
5.         Feinberg L. Transgender warriors. Boston, MA: Beacon Press.; 1996.
6.         Nieto JA. Transexualidad, intersexualidad y dualidad de género. Barcelona: Edicions Bellaterra; 2008.
7.         de Vries ALC, Cohen-Kettenis PT, Delemarre-van de Waal H. Clinical Management of Gender Dysphoria in Adolescents, International Journal of Transgenderism. 2006;9(3-4):83-94.
8.         Hill DB, Rozanski C, Carfagnini J, Willoughby B. Gender identity disorders in childhood and adolescence. Journal of Psychology & Human Sexuality. 2006;17(3-4):7-34.
9.         Ehrensaft D. Gender born, gender made. New York: The Experiment; 2011.