domingo, 18 de diciembre de 2011

La homofobia solo tiene un rostro: la deshumanizacion

Dr. Jesús Dueñas Becerra
Psicólogo, crítico y periodista

He decidido compartir con los lectores tres manifestaciones homofóbicas aberrantes que acontecieron en la capital de la antigua provincia de Las Villas (hoy Villa Clara) y las dos últimas en la carpenteriana Ciudad de las Columnas.
Corría la primera década de los setenta (el llamado quinquenio gris en el campo de la cultura cubana), y en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), el director de ese centro de educación médica superior devino un cazador de homosexuales y tronchó la carrera y el futuro porvenir profesional de chicos y chicas, quienes fueron expulsados/as de la universidad por el pecado original de ser “diferentes” (¿?).
No obstante, la vida se encargó de demostrarle a ese doctor en Medicina (sí, porque médico jamás fue) cuán injusto había sido… hasta con su propio hijo, quien a la sazón estudiaba en una academia militar y fue descubierto haciendo el amor con un compañerito de aula en el baño de dicha institución.
Los dos adolescentes fueron llevados ante el alumnado del plantel, reunido en el matutino, y después de calificarlos con los más ofensivos epítetos delante de oficiales, profesores y demás discípulos, fueron dados de baja deshonrosamente de la escuela, porque eran homosexuales, y en esa oscura época socio-histórica, la homosexualidad se consideraba una manifestación ideológica contraria a los principios de la revolución socialista (¿?).
El progenitor del ex Camilito fue notificado de inmediato del crimen contra natura en que había incurrido su retoño y la reacción inmediata fue botarlo de la casa y decirle que allí no podía estar ni un segundo más, porque manchaba su imagen como revolucionario y como militante del Partido Comunista de Cuba (PCC).
No obstante, la madre del joven, quien fue más madre que mujer, le contestó: “quien tiene que irse ahora mismo de aquí eres tú y no él, porque es mi hijo, y sea como sea, piense como piense, sienta como sienta, lo tuve nueve meses en el vientre, y no voy a renunciar —como has hecho tú— a ser su madre, sobre todo ahora que es cuando más necesita mi amor y mi apoyo incondicionales”.
Ese señor fue promovido a Rector de la UCLV primero y de la capitalina Alma Mater después, llegó a ser diputado del parlamento cubano, y por último, embajador de la República de Cuba en un país este-europeo…, pero tuvo la “mala estrella” de ponerse a jugar con dólares, y ahí mismo, lo perdió todo.
Regresó a la mayor isla de las Antillas sin un ápice del prestigio revolucionario que con tanto celo había cuidado, y luego de estar acogido un tiempo al famoso “plan pijama”, fue ubicado en un cargo sin importancia en el Ministerio de Salud Pública, ya que —con esa mácula en su expediente— nadie quería trabajar con él, ni siquiera tenerlo cerca.
Lamentablemente, enfermó de una afección letal (cáncer), pero quien lo cuidó con afecto, sin el más mínimo asomo de odio o resentimiento, y le cerró los ojos el día en que falleció fue aquel hijo gay que aborreció y maldijo en una etapa del ciclo vital humano (la adolescencia), en que más se necesita el cariño filial y la valiosa ayuda que aporta la figura paterna.
El segundo caso tuvo lugar en La Habana, en la convulsa década de los ochenta: un día se aparece en mi casa, una señora, funcionaria del Ministerio de Relaciones Exteriores, recomendada por uno de mis compañeros de trabajo en la institución asistencial donde laboraba, para que yo atendiera a su hijo, un joven de veinte y tantos años de edad, historiador e investigador de un instituto de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC), porque ella sospechaba que su vástago tenía un comportamiento sexual extraño, ya que solo salía con un solo amigo, y en ocasiones, ese joven se quedaba a dormir en su cuarto; relación íntima que el hermano descubrió un día en que regresó a la casa en horas de la mañana y los vio durmiendo abrazados en el “lecho nupcial”.
Con el mayor tacto posible, le expliqué a esa señora que la conducta sexual de su prole no era —como ella imaginaba— expresión de enfermedad mental ni de vicio o degeneración moral alguna, sino una variante del comportamiento sexual humano, según nos había explicado el eminente sexólogo alemán Siegfred Schnabl, quien —en 1979— impartiera una conferencia magistral sobre ese azaroso tema en el hospital gineco-obstétrico González Coro.
No satisfecha con mi respuesta, me preguntó si había algún psiquiatra que tratara esa “enfermedad”, porque ella tenía nociones de que un reputado especialista que conservaba su consulta particular en el Vedado tenía un tratamiento reflexológico para tratar la homosexualidad; terapia que consistía en mostrarle al individuo láminas de mujeres y hombres desnudos, y cuando el “paciente” seleccionaba la lámina donde aparecía una persona de su mismo sexo, se aplicaba un estímulo eléctrico a determinadas zonas erógenas. O sea, un electrochoque sexual.
Ante semejante tozudez, le comenté: señora, lleve a su hijo a quien usted decida, pero de antemano le digo que él no está enfermo, solo tiene una orientación sexual diferente, que se debe respetar.
Antes de concluir la conversación, me preguntó si debía notificar esa situación al Comité del Partido al que pertenecían su esposo y ella, y le contesté  —enfáticamente— que esa situación era íntima, familiar, que no debía trascender el contexto hogareño.
Sin embargo, lo primero que esa señora hizo cuando salió de mi casa fue informar al Comité del Partido lo que había sucedido, así como a la jefatura de Personal del instituto de investigación donde el muchacho ejercía. ¿Se imaginan cuál fue la “orientación”? “Hay que botarlo de la casa y del trabajo, porque ustedes no pueden convivir con un homosexual ni puede continuar ni un minuto más en esa dependencia de la ACC, porque la desacredita”. Y así se cumplió.
El resultado de ese atropello fue desastroso: el joven hizo un intento suicida, que requirió su ingreso a una institución de salud mental, donde el jefe de servicio —la ética médica, el humanismo y la espiritualidad personificados— lo atendió, y la primera acción terapéutica que emprendió, fue citar a los progenitores del paciente y explicarles —con lujo de detalles— el craso error que habían cometido con su hijo, y con toda la profesionalidad que lo caracteriza, les exigió con respeto, pero con firmeza, reintegrarlo al seno familiar cuando estuviera de alta.
En ese lapso, se presentó la salida por el Puerto de Mariel y ese maltratado ser humano, optó por irse bien lejos no solo de los padres, quienes tanto daño psíquico, moral y espiritual le habían hecho, sino también de la patria donde nació, creció, y nunca dejó de amar.
Los remordimientos y los sentimientos de culpa que incubaron en la mente y en el alma por la injusticia que habían cometido contra su hijo menor, terminó con sus vidas, sin que jamás recibieran noticias de él.
El tercer episodio de esta serie se desarrolló, en 1979, en el hospital gineco-obstétrico González Coro (ya hice alusión a esa actividad cuando relaté el caso anterior). En esa sesión científica, coordinada por la Dra. Mónica Krause y el Prof. Dr. Celestino Álvarez Lajonchere (fallecido), participamos psicólogos,  psiquiatras, especialistas en Gineco-obstetricia y algunos clínicos.
El tema era la posible eliminación de la homosexualidad del Glosario Internacional de Enfermedades Mentales, mientras que el ponente fue el Prof. Dr. Siegfred Schnabl, profesor de Sexología en un centro de educación superior de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA).
Cuando el disertante invitado definió la homosexualidad como una variante del comportamiento sexual humano y abogó no solo a favor de la eliminación de la homosexualidad como una entidad nosográfica, sino de su despenalización como figura delictiva en el vigente Código Penal, la reacción del auditorio devino un verdadero escándalo, porque no entendían —no lo podían entender en aquel momento socio-histórico— que un militante del Partido Socialista Unificado Alemán defendiera a capa y espada a los homosexuales.
Fíjense, estoy hablando de profesionales de la salud y no de personas desconocedoras de esos temas. Tanto malestar causó la cálida defensa que hiciera el doctor Schnabl de sus planteamientos, que varios de los presentes no vacilaron en acusarlo de ser gay y de muchas cosas más que la ética periodística no me permite llevarlo a la página en blanco.
Por lo tanto, lo que le sucedió al ingeniero granmense es una más de esas aberraciones en las que suelen incurrir quienes están paralizados en el tempo psíquico por el “marabú” mental que no los deja crecer, y por ende, se quedarán enanos ante los desafíos del nuevo siglo.