sábado, 14 de febrero de 2015

Matrimonios, patrimonios y otros demonios...

No podía dejar de escribir en mi bitácora sobre el Día del amor y la
amistad, más patriarcal y comercialmente conocido como Día de San
Valentín. Esta vez abordaré el tema del matrimonio, que no es nuevo ni
muchos menos, pero se reactiva por estos días desde las clarinadas
oficiales que promueven la supervivencia de una institución vetusta.
Las percepciones del matrimonio en Cuba han cambiado significativamente
en los últimos 56 años, todo ello gracias a nuevos derroteros globales
en relación uniones amorosas entre los seres humanos desde los valores
morales laicos occidentales y también a las propias dinámicas en que se
ha construido la sociedad cubana en tiempos de Revolución.
Cabe reconocer que en Cuba el divorcio se legalizó desde 1918 y desde
1959 hemos transitado desde el ideal burgués de la formalización de la
unión entre hombre y mujer hacia un incremento del número de divorcios y
de nuevas formas de unirse y conformar familias no basadas en el matrimonio.
Las razones son fundamentalmente económicas y se relacionan de forma
compleja con la crisis habitacional, a las migraciones internas y
externas, a una mayor equidad de género, entre otros factores.
También han emergido nuevas formas de parentescos con las que convivimos
a diario: familias con una sola madre, un solo padre, uniones de
personas transgénero, uniones de personas del mismo género y las uniones
poliamorosas de tres o más personas con un proyecto de vida
legítimamente consensuado.
Desde lo jurídico el marco sigue siendo estrecho, conservador y burgués.
Se reconoce en nuestra Constitución ¡Socialista! únicamente a las
uniones surgidas en matrimonio entre hombre y mujer. En las leyes que
de ella emanan se aboga por la entelequia de la igualdad de los
cónyuges, mientras en la práctica las relaciones de subordinación y
jerarquías siguen siendo la norma.
Estar heterosexualmente casado no genera automáticamente espacios de
libertad ni de felicidad. Muchas personas se casan por amor y otras no
necesitan de reconocimiento alguno que legitime su derecho a la
intimidad, al amor, al disfrute del placer sexual y a establecer
compromisos y proyectos de vida conjuntos.
El matrimonio sigue siendo fiel a su origen patriarcal y utilitarista y
ha quedado relegado fundamentalmente al reconocimiento y disfrute de los
bienes patrimoniales. Sus fundamentos abogan por una monogamia
hipócrita, contraria a las esencias y capacidad humanas de amar
simultáneamente a más de una persona. En ellos hay un doble rasero mucho
más exigente para las mujeres que genera las llamadas crisis de
infidelidad desde un marcado sentido de propiedad.
El matrimonio es un deseo del Estado también requerido por personas del
parejas del mismo género. Ese es un derecho incuestionable, pero me
opongo a que se mantenga una actitud acrítica hacia sus bases
patriarcales y que no se reconozcan jurídicamente a otras uniones,
también legítimas, incluyendo las relaciones poliamorosas con total
apego a la igualdad, la autonomía, la responsabilidad y la libertad de
cada persona.
El Estado debe garantizar el respeto a la libertad de cada sujeto adulto
para elegir responsablemente la manera en que desee asociarse afectiva y
eróticamente con otras personas adultas e intervenir solamente cuando
los derechos son vulnerados. No tiene derecho a meterse en la cama ni en
los modos en que las personas decidan amarse. De ser así, ame con
felicidad, pero todo el año. [Centro Habana, 14 de febrero de 2015]

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