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6/02/2011

Matrimonio, Familia y Educación Sexual en Cuba: ¿Y los Otros Modelos?



Por Alberto Roque Guerra
¡Oh, sorpresa! En mi revisión matutina de las noticias del día me encuentro con dos artículos publicados en los diarios más importantes de nuestro país.
En Juventud Rebelde, diario de la Juventud Cubana, aparece el artículo de opinión Educación sexual, ¿asunto familiar?. Confieso que al leer el titular pensé: que bien, ha puesto el dedo en la llaga. Al sumergirme en la lectura noto que su autor, el profesor y pedagogo, Diego de Jesús Alamino, adopta un enfoque acrítico respecto a la educación sexual hacia el interior de la familia cubana, donde hablar de sexualidad continúa siendo un tabú y los padres no cuentan con las herramientas necesarias para brindar información sobre sexualidad basada en los conocimientos científicos. Lamentablemente lo –mal- aprendido sobre sexualidad  en nuestras familias sigue impregnado de estereotipos machistas y patriarcales que debemos a nuestra milenaria herencia cultural y religiosa judeo-cristiana y africana.
En la familia cubana contemporánea se niega el derecho de las niñas y niños, como sujetos de derecho, a ser educados  en los temas de la sexualidad con enfoque de género y con pleno respeto a la diversidad. Se ignora sobre la capacidad progresiva de aprendizaje de las y los infantes sobre sexualidad. En consecuencia se perpetúan las acciones autoritarias y normalizadoras de los padres al definir desde sus prejuicios y su poder lo que sus hijas e hijos deben o no saber sobre sexualidad, como si la rica y diversa realidad circundante no tuviera influencia alguna sobre la personalidad de cada ser humano.
El artículo tampoco profundiza en el papel de la educación escolar y sobre las resistencias que nuestro sistema educativo impone a la aplicación del Programa Nacional de Educación Sexual en todos los niveles de enseñanza de forma transversal, con enfoque de género, basado en los principios de igualdad y no discriminación y más allá de los contenidos biologicistas y positivistas que predominan en la actualidad.
Me alarma leer en
pleno siglo XXI que el autor diga sin ambages que debe respetarse el “valor” de la virginidad para algunas familias cubanas. Esa es simplemente una muestra del pensamiento medieval que perdura en nuestro imaginario y que se acuña como valor. El control del cuerpo de las mujeres y de las sexualidades todas no será jamás un valor mientras se basen en la desigualdad y el estigma entre los seres humanos. No debemos confundir privilegios con derechos.
Preocupa así mismo que el profesor Diego De Jesús, mezcle el tema de la educación sexual con el matrimonio
al mencionar el artículo de la nuestra Constitución donde se establece como “la unión entre hombre y mujer”. Es una pena que no sea más explícito, pero puedo leer entre líneas y noto que dentro de sus valores personalísimos solamente tiene cabida y legitimidad la educación sexual en el contexto de las familias heteroparentales reconocidas legalmente por el Estado y algunas Iglesias. Esa realidad se subvierte ante nuestras narices con otros modelos de familias también válidos: monoparentales, homoparentales y muchas otras variantes, ejemplo: cuando educa un tío, un amigo, uno o dos abuelos sin contar las uniones consensuales (no legalmente registradas) en muchas de sus variantes.
Si esta es la lógica que sigue una aparente mayoría desde el control social, se viola entonces el artículo constitucional que proclama que las cubanas y cubanos nacemos con derechos, somos iguales y no podemos ser discriminados por ningún motivo. Me atrevo a decir que en este aspecto, nuestra Constitución no es representativa de grupo de cubanas y cubanos bastante numeroso y debe, por lo tanto, se modificada.
Sin dudas, este artículo tiene vasos comunicantes intencionales y muy nítidos con  este otro:
Matrimonio: Protección Jurídica, publicado también hoy en Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba.Para avalar el contenido de su artículo,  Ricardo Alonso Venereo cita  a la doctora Olga Mesa Castillo, presidenta de la Sociedad Cubana de Derecho Civil y de Familia de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, quien en su charla con el autor,se refirió a la garantía de los derechos económicos y patrimoniales bajo el matrimonio  así como a las potencialidades de desprotección de la prole y del derecho a la biparentalidad por las características de “liberalidad” de las uniones consensuales.
Con el mayor respeto y admiración que profeso por la Dra. Mesa, sin dudas una institución en Cuba sobre Derecho de Familia, considero que su opinión explica claramente la única garantía que ofrece el matrimonio en Cuba: la patrimonial;  de hecho en ocasiones digo medio en serio, medio en broma, que esa institución con fuertes orígenes religiosos debiera llamarse Patrimonio. Sin dudas, lo anterior es cuestionable, puesto que para las parejas consensuales basta con testigos que muestren evidencias de una unión estable para dar curso  a la reclamación de los bienes patrimoniales adquiridos durante la relación de pareja. Si de protección de la descendencia se trata, la ley cubana es clara en la protección de los derechos de las niñas y niños,  independientemente que se trate de matrimonio, unión consensual u otro modelo de parentalidad o maternidad.
Contrasta el contenido del artículo con el silencio ante la creciente necesidad de legitimar legalmente otros modelos de familia, dentro de ellas las fundadas por parejas del mismo sexo, tema también tratado en la  IV Conferencia Internacional de Derecho de Familia, celebrado el pasado abril en La Habana y donde la propia Dra. Mesa abogaba por la discusión y aprobación de las modificaciones del Código de Familia.
Alonso Venereo también exorciza otros de sus fantasmas al referirse al  incremento en un 4.6% del índice de uniones consensuales en Cuba. El autor, va más lejos y concluye con el siguiente párrafo:
Es necesario detener la crisis actual del matrimonio en nuestro país. Hay que educar en la importancia y el sentido de esta unión legal para que las parejas se casen, aun cuando la tendencia universal vaya en sentido contrario. La familia basada en el matrimonio ofrece seguridad, fortaleza y unión. (El destaque es mío)
El autor mira nuevamente a la punta de las ramas al referirse a una supuesta crisis del matrimonio en Cuba y parece no advertir que la verdadera crisis es de valores en las relaciones humanas, hacia el interior de la familia y en la sociedad toda. ¿Cuál es la evidencia científica que avala su afirmación? ¿Cuál es su referente en Cuba de que otros modelos de familia no son válidos o legítimos? Su discurso me recuerda a las posiciones  adoptadas por la falange franquista - católica del Partido Popular cuando se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en España.

No me sorprende que no mencione en ningún momento la palabra amor, quizás por manida o cursi, pero tan necesaria en estos tiempos. También agregaría yo: comprensión, comunicación, empatía, igualdad, respeto, solidaridad y cultura de paz. Sin estos valores jamás habrá seguridad, fortaleza ni unión. Si se le llama matrimonio a las múltiples y legítimas familias basadas en estos principios, bienvenido sea, al igual que el resto de los modelos. (2/06/2011)
 

2/08/2009

El erotismo masculino desde la homosexualidad y la bisexualidad

Por: Alberto Roque Guerra
(Versión de la conferencia impartida en el Hemiciclo de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes, el 30 de enero del 2009, en el Panel “Pregunte usted lo que quiera: Expresiones de la sexualidad y el erotismo” como parte de la exposición “Erótica, erotismo y sexualidad en el arte”)

Homoerotismo

¿Existe el homoerotismo? ¿Existen diferencias entre el comportamiento erótico de hombres homosexuales, bisexuales y heterosexuales?

El homoerotismo se ha contemplado ampliamente en el contexto de las artes y la literatura científica, imprimiéndole un papel identitario cuando se aborda la sexualidad entre personas del mismo sexo. Sin embargo, la respuesta sexual humana es inherente a cada cuerpo, independientemente de su orientación sexual. Todas y todos tenemos potencialidades eróticas que son descubiertas, y explotadas en mayor o menor medida, en cada etapa de nuestras vidas. Los matices del erotismo tienen lógicas diferencias anatómicas entre hombres y mujeres; además de las múltiples influencias familiares, educativas y culturales.

Subrayo entonces el hecho de que el homoerotismo es una construcción social, que ha sido útil denominarlo de esta manera para abordarlo y comprenderlo mejor.

Desde el punto de vista psicológico y corporal, la capacidad de sentir placer erótico en los hombres homosexuales no difiere en lo absoluto a la de los hombres heterosexuales. Las diferencias radican en el contenido de las fantasías eróticas y en las maneras de expresar e intercambiar estas sensaciones.

Desafortunadamente, los hombres bisexuales han sido poco estudiados y extremadamente incomprendidos tanto por homosexuales como por heterosexuales. La orientación erótica y afectiva natural de estas personas hacia ambos sexos, resulta extremadamente interesante y muy rica en expresiones. El erotismo de estas personas rompe con los estereotipos impuestos de que nuestros cuerpos masculinos han sido “diseñados”, biológicamente o “por creación divina”, para sentir placer sexual exclusivamente con cuerpos femeninos.

Autoerotismo

La capacidad de obtener y disfrutar el placer sexual, a punto de partida de la estimulación propia de las zonas erógenas de nuestro cuerpo, constituye una práctica sexual saludable. La exploración de nuestro cuerpo es, sin dudas, la única manera de conocerlo a plenitud. Nos permite descubrir innumerables sensaciones de placer y desatar la capacidad de evocar fantasías eróticas que enriquecen la sexualidad como parte inseparable del desarrollo de la personalidad humana. Se practica el autoerotismo cuando se evocan representaciones visuales, auditivas, olfatorias, entre otras, que producen placer sexual.

La masturbación constituye una forma sana y placentera de expresar el autoerotismo. En las sociedades occidentales aún existen mitos y prejuicios relacionados con las prácticas masturbatorias. Es lamentable que la masturbación se focalice, fundamentalmente, en el área genital, cuando existen otras zonas del cuerpo capaces de desencadenar el placer sexual.


Erotismo en parejas homosexuales y sus variantes

El erotismo en parejas de hombres homosexuales incluye una serie de códigos que permiten una identificación entre estas personas y, en gran medida, se expresan de forma oculta, pues pasan desapercibidos por la mayoría de las personas heterosexuales. En mi opinión, esto es el resultado de la discriminación y exclusión de la vida pública que sufren los individuos homosexuales.

El “flete” o “fleteo”, que es como se conoce popularmente en Cuba el “flirteo” entre hombres, es una de las formas más frecuentes en que los varones homosexuales se reconocen entre sí. Esto incluye inflexiones de la voz, intenciones, gestos y miradas que pueden ser captadas a distancias inimaginables, sobre todo en los espacios públicos.

El intercambio erótico que ocurre entre dos hombres homosexuales se focaliza en la búsqueda del placer sexual mediante la estimulación mutua de zonas erógenas muy similares entre sí. Cabría preguntarse si esta forma de manifestar el erotismo garantiza de antemano alguna ventaja en comparación con el intercambio erótico entre personas de diferentes sexos. Si se toma en cuenta que muchas de las disfunciones sexuales entre parejas heterosexuales obedecen a la falta de conocimiento de la respuesta sexual o de las potencialidades eróticas del otro sexo, pienso que el erotismo entre personas homosexuales pudiera significar alguna ventaja, aunque se requiere de investigaciones científicas que lo demuestren.

La masturbación mutua -que incluye la práctica del sexo oral (buco-genital y buco-anal), las caricias de los genitales, la frotación del pene en diferentes regiones del cuerpo de la otra persona, entre otras- constituye una de las formas más placenteras y seguras del erotismo.

La penetración anal es también una fuente de intenso placer, siempre y cuando se realice por consentimiento mutuo. Se recomienda practicarlo con la lubricación y la dilatación necesarias que eviten lesiones en esta región del cuerpo. Esta práctica erótica no es exclusiva de los hombres homosexuales. En los intercambios eróticos de parejas heterosexuales también se practica esta forma de erotismo: las mujeres pueden ser penetradas por vía anal e, incluso, ellas pueden utilizar juegos eróticos en la zona anal de su pareja masculina, sin que esto se considere una práctica homosexual.

Los intercambios eróticos y afectivos en grupos –entiéndase entre más de dos personas- son formas válidas de expresar la sexualidad. En culturas antiguas se le daba un valor trascendental a estas prácticas. En esta exposición (“Erótica: erotismo y sensualidad en el arte”) podemos encontrar muestra de ello en los bellos jarrones de arte griego que exponen los llamados symposium.

En nuestros tiempos se conoce de la existencia de las triejas, relaciones poliamorosas estables donde el intercambio afectivo-erótico y sentimental se produce entre tres o más personas, sin que por ello se afecte la voluntad o los derechos de sus integrantes. También existen variantes denominadas “swinger”, que se aplican en relaciones homosexuales. Todo ello cuestiona los rígidos fundamentos en los que se han enmarcado tradicionalmente las relaciones sexuales entre los seres humanos; es decir, el único reconocimiento de una relación “sana y normal” a la pareja heterosexual monógama.

Bajo ningún concepto estoy promoviendo la poligamia, la promiscuidad ni el desenfreno sexual. Simplemente me limito a exponer variantes de la sexualidad humana, que se incluyen dentro de la variopinta diversidad del erotismo, siempre y cuando sea entre personas adultas y que expresen su pleno consentimiento a practicarlas.


Eros y sus mitos en la homosexualidad

El tamaño del pene se considera, al menos en nuestra cultura occidental, un asunto de importancia mayúscula. Los significados del falo, en el imaginario popular de nuestra tradición machista, dirigen la atención a centralizar la sexualidad en los genitales. Esta expresión falocéntrica se observa también entre hombres homosexuales, que reproducimos los patrones culturales aprendidos en el seno de nuestras propias familias y que generan múltiples comentarios y apreciaciones desde las primeras horas del nacimiento.

Las dimensiones en grados extremos, fundamentalmente en aquellas concebidas como pequeñas por el imaginario popular (un pene se define como pequeño cuando es menor de 6 cm., según las opiniones de los especialistas), condicionan la aparición de trastornos psicológicos también en los hombres homosexuales y bisexuales, que en ocasiones conllevan a disfunciones sexuales por la terrible angustia y descalificación que generan. Tener un pene de dimensiones “enormes” ofrece garantías de poder y dominación del macho sobre la persona poseída. Sin embargo, también estas personas corren el riesgo de ser rechazadas, por las molestias que pudieran producir durante la penetración, sobre todo anal.

Pienso que es necesario desarticular esta tradición falocéntrica en la educación sexual. Los cambios fundamentales deben realizarse en el contexto de la propia familia -donde apenas se habla de sexualidad- con el fin de lograr un disfrute más pleno del erotismo. En la enseñanza escolar debiera expandirse la educación sexual en estos temas, mucho más allá de las clásicas y anquilosadas definiciones biológicas, adecuadas a cada grupo de edades.

Debe desterrarse de una buena vez de nuestras mentes la falacia de que la sexualidad humana es instintiva. La sexualidad debe ser enseñada, para garantizar que se practique de forma plena y sana.

El sexo anal entre hombres generalmente se expresa en el imaginario a través de tres papeles fundamentales: pasivo –si se es penetrado o “poseído”-, activo –si se penetra o se “posee” al otro-, y versátil –si se practican ambos papeles. La figura del “macho dominante” se reproduce con el papel activo, quienes generalmente imponen un poder de dominación psicológica sobre el otro, lo cual no difiere en lo absoluto del comportamiento machista de muchos hombres heterosexuales.

Independientemente de las preferencias eróticas de cada individuo, esta construcción de roles de género es meramente social y se contrapone con la capacidad potencial que tenemos todos los varones de sentir placer mediante la penetración anal. También produce rechazo y discriminación contra las personas etiquetadas como “pasivas” y es fuente de disfunciones en las relaciones de pareja y en los intercambios eróticos fortuitos entre personas del mismo sexo.


Erotismo, homosexualidad y salud sexual

Las prácticas eróticas pueden conllevar a un riesgo para la salud. Los hombres que tienen sexo con hombres (HSH), constituyen uno de los grupos más vulnerables a las ITS, debido a que el 80% de las personas infectadas por el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH/Sida) ocurre entre estas personas.

Las prácticas eróticas realizadas sin protección son las responsables de la transmisión de las ITS y el VIH/Sida, al permitir el intercambio de fluidos corporales. Las prácticas del sexo oral, con depósito de líquido seminal o semen en la boca, y del sexo anal desprotegido son las de mayor riesgo. De ahí la importancia de priorizar el trabajo de prevención.

En este sentido, se hace necesario dirigir aun más el contenido de las campañas de prevención contra la transmisión de las ITS y el VIH/Sida hacia los HSH. Los medios de difusión masiva son un poderoso instrumento para lograr este objetivo.


Homoerotismo desde los derechos sexuales

El derecho a la privacidad y también a expresar públicamente las relaciones afectivo-eróticas entre personas del mismo sexo, son derechos sexuales inalienables. La Asociación Mundial de Salud Sexual (WAS, por sus siglas en inglés) estableció en 1997 la “Declaración de los derechos sexuales”, entre los que destaco los siguientes:

1. El derecho a la libertad sexual. La libertad sexual abarca la posibilidad de la plena expresión del potencial sexual de los individuos. Sin embargo, esto excluye toda forma de coerción, explotación y abuso sexuales en cualquier tiempo y situación de la vida.

2. El derecho a la autonomía, integridad y seguridad sexuales del cuerpo. Este derecho incluye la capacidad de tomar decisiones autónomas sobre la propia vida sexual dentro del contexto de la ética personal y social. También están incluidas la capacidad de control y disfrute de nuestros cuerpos, libres de tortura, mutilación y violencia de cualquier tipo.

3. El derecho a la privacidad sexual. Este involucra el derecho a las decisiones y conductas individuales realizadas en el ámbito de la intimidad siempre y cuando no interfieran en los derechos sexuales de otros.

4. El derecho a la equidad sexual. Este derecho se refiere a la oposición a todas las formas de discriminación, independientemente del sexo, género, orientación sexual, edad, raza, clase social, religión o limitación física o emocional.

5. El derecho al placer sexual. El placer sexual, incluyendo el autoerotismo, es fuente de bienestar físico, psicológico, intelectual y espiritual.

EL Código Penal cubano no contempla en ninguno de sus artículos la limitación del derecho de las personas homosexuales y bisexuales a disfrutar de sus relaciones afectivo-eróticas en privado, ni de mostrar sus afectos en público. Tampoco se cuenta con leyes en el Código Civil que protejan sus derechos.

El reconocimiento de estos derechos debe partir, en primer lugar, de cada uno de nosotros –no sólo de las personas homosexuales, sino también de las personas heterosexuales sensibilizadas con esta problemática. Independientemente del trabajo realizado por el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) y otras instituciones cubanas en este propósito, cada individuo tiene la responsabilidad de producir cambios en su contexto local, es decir en la familia, el vecindario, el centro de trabajo y la escuela. Esto permitirá los logros paulatinos de los cambios globales o macro sociales que garanticen el reconocimiento de la dignidad plena de los seres humanos y el disfrute de una sexualidad basada en la igualdad y el amor.